lunes, enero 27

Un día, un relato: día 1, "El Cerezo"

Cuando nació, en los albores de 1900, Matilda plantó un cerezo. Ya había guardado el cuesco la primavera anterior y con paciencia hizo el almacigo. Cuando supo que estaba embarazada -ya lo intuía-, comenzó a forjar ese cerezo. En el momento en que empezó a salir el tallo, le cantaba a todas horas. Al cerezo y a su hijo. 
Apenas empezaron a salir las hojas, las limpiaba, les hablaba y cantaba. Así mismo, le cantaba y hablaba al bebé que se gestaba en su vientre. 
Dio a luz en septiembre. Era día sábado, pues tocaba hacer la cera para las velas de la semana. Las contracciones empezaron a mediodía y la patrona llamó a la partera, que vivía a un par de millas. A las seis de la tarde, un berrido agudo hechizó el campo y un varón llegó a la vida. Fernando se llamaría.
Matilda crió a Fernando con el mismo amor que le prodigaba al cerezo. Para el  cumpleaños número cinco del retoño, el árbol comenzó a dar frutos. Unas cerezas de sol, dulces y jugosas, que el niño sacaba con sus manitas y allí mismo se las comía. 
El cerezo aumentaba de tamaño y Fernando también. Para el cumpleaños número veintitrés de ambos, alcanzaron tamaño definitivo. Las ramas del cerezo eran robustas, como los brazos del joven. 
Matilda, todos los años cosechaba al cerezo y vendía sus frutos. El dinero que recolectaba, lo guardaba cuidadosamente y así, ella logró pagarle los estudios a su hijo, que se fue a la ciudad a la escuela de leyes. Fernando estudiaba gracias al cerezo y el cerezo seguía creciendo y dando sus frutos.
Fernando se convirtió en un abogado de renombre y llevó a su madre a vivir con él. Cuando Fernando contaba con treinta y cinco años, su madre falleció.
El tiempo siguió pasando, Fernando se casó, tuvo hijos, compró el campo a los patrones de su madre y se fue a vivir allí. Tenía un lazo muy fuerte con esa tierra y con el cerezo. Todos los días le iba a ver, a hablar y se sentaba a su sombra los días de mucho sol. Sus hijos subían a las ramas a coger los frutos en la primavera y a refrescarse a su sombra.
Fernando murió una madrugada de noviembre, era una noche cálida y el árbol había abierto sus primeras flores. Cuando exhaló el último suspiro, la ventana se abrió de golpe y mostró al cerezo en el preciso instante en que sus ramas se secaban.

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