lunes, febrero 17

Capítulo Primero: El Crimen.

Recordó la advertencia y ocultó las pruebas dentro del cajón del escritorio que tiene doble fondo. Era una carta y una pistola semiautomática.
Se levantó del sillón y se apresuró a salir de allí con el mismo sigilo con el que había entrado. El corazón le latía a mil por segundo y necesitaba detenerse en algún lugar a descansar, pero no todavía. 
Cruzó la calle, dobló a la izquierda y llegó a la avenida, con un gesto natural hizo detener un taxi, se subió y le pidió que la llevara al terminal de buses. 

Había escogido aquel día soleado, porque siempre en las películas el día era gris. Se había vestido de rojo, subida sobre unos tacones vertiginosos y armada de unos guantes del mismo color. Sus ojos azules y su pelo negro corto hacían contraste. Su piel lechosa atisbaba que no era de allí, pero había llegado el mismo día, nadie notó su presencia allí. 

Al día siguiente, llegó el personal de aseo y le encontraron muerto. Un tiro en el pecho y el charco de sangre. La policía no se demoró en llegar; el fiscal, detectives por todos lados y la prensa. Al poco rato, llega la madre, vestida de blanco y se abalanza sobre el cuerpo, ofreciendo un espectáculo al salir manchada de sangre. Foto que sería portada de periódicos al día siguiente, con sus ojos cubiertos con unos anteojos ahumados y su cabello negro como la noche. Era la pantomima, todos sabían que ella no se hablaba con su hijo hacía por lo menos diez años.

El occiso era un prestigioso abogado de treinta y pico años, rubio, exitoso y frío como un témpano de hielo. Era abogado litigante, ostentaba el record de cuatrocientos treinta dos casos ganados y ninguno perdido. Era el modelo perfecto de hombre, buen profesional, a la luz del mundo era ético, de una moral probada en cientos de fiestas de beneficencia y unos cuantos miles de dólares en fundaciones dirigidas por las mismas empresas que asesoraba. Todo un círculo vicioso que a la prensa y las cámaras les encantaba. 


La asesina tomó el bus en dirección contraria a la que quería ir, pero la pantomima debía hacerla perfecta, por lo que llegó a la ciudad y se juntó con sus amigas para beber unos tragos en el boulevard. Esa noche les contó a las amigas que había estado con un rubio guapísimo y que al día siguiente se iba de viaje. Todo lo cual era cierto. 
A las 5 am, la pasó a buscar el taxi para llevarla  al aeropuerto. Se iba de viaje al sur, necesitaba unos días sola en la comodidad de la cabaña al lado del lago. Evitó comprar el periódico que ya andaba circulando, subió al avión y desapareció por unos días.


El fiscal era un hombre bajo, rechoncho, que usaba un bigote poblado estilo mexicano. Tenía los ojos negros y brillaban en ellos una chispa de inteligencia supina. Tenía la costumbre de fumar puros cubanos que llegaban de contrabando y tenía una fobia irrevocable a las computadoras. Todo en él consistía en métodos arcaicos que siempre daban el resultado esperado. Cuando lo llamaron para ir a ver el cuerpo del abogado, estaba bebiendo un whisky y fumando un puro con los pies sobre el escritorio, saboreando la resaca de la noche anterior. Era un bebedor empedernido, pero nunca se le encontró ebrio.
Al llegar al lugar de los hechos, supuso inmediatamente que este era un crimen pasional, que era una mujer y que el motivo era venganza. Cuando expuso esto ante sus colegas, le miraron incrédulos y le ignoraron. Uno de ellos le sugirió jubilarse. 

Continuará...

lunes, enero 27

Un día, un relato: día 1, "El Cerezo"

Cuando nació, en los albores de 1900, Matilda plantó un cerezo. Ya había guardado el cuesco la primavera anterior y con paciencia hizo el almacigo. Cuando supo que estaba embarazada -ya lo intuía-, comenzó a forjar ese cerezo. En el momento en que empezó a salir el tallo, le cantaba a todas horas. Al cerezo y a su hijo. 
Apenas empezaron a salir las hojas, las limpiaba, les hablaba y cantaba. Así mismo, le cantaba y hablaba al bebé que se gestaba en su vientre. 
Dio a luz en septiembre. Era día sábado, pues tocaba hacer la cera para las velas de la semana. Las contracciones empezaron a mediodía y la patrona llamó a la partera, que vivía a un par de millas. A las seis de la tarde, un berrido agudo hechizó el campo y un varón llegó a la vida. Fernando se llamaría.
Matilda crió a Fernando con el mismo amor que le prodigaba al cerezo. Para el  cumpleaños número cinco del retoño, el árbol comenzó a dar frutos. Unas cerezas de sol, dulces y jugosas, que el niño sacaba con sus manitas y allí mismo se las comía. 
El cerezo aumentaba de tamaño y Fernando también. Para el cumpleaños número veintitrés de ambos, alcanzaron tamaño definitivo. Las ramas del cerezo eran robustas, como los brazos del joven. 
Matilda, todos los años cosechaba al cerezo y vendía sus frutos. El dinero que recolectaba, lo guardaba cuidadosamente y así, ella logró pagarle los estudios a su hijo, que se fue a la ciudad a la escuela de leyes. Fernando estudiaba gracias al cerezo y el cerezo seguía creciendo y dando sus frutos.
Fernando se convirtió en un abogado de renombre y llevó a su madre a vivir con él. Cuando Fernando contaba con treinta y cinco años, su madre falleció.
El tiempo siguió pasando, Fernando se casó, tuvo hijos, compró el campo a los patrones de su madre y se fue a vivir allí. Tenía un lazo muy fuerte con esa tierra y con el cerezo. Todos los días le iba a ver, a hablar y se sentaba a su sombra los días de mucho sol. Sus hijos subían a las ramas a coger los frutos en la primavera y a refrescarse a su sombra.
Fernando murió una madrugada de noviembre, era una noche cálida y el árbol había abierto sus primeras flores. Cuando exhaló el último suspiro, la ventana se abrió de golpe y mostró al cerezo en el preciso instante en que sus ramas se secaban.

lunes, enero 20

Fina Estampa

La corbata le combinaba perfectamente con el pañuelo del bolsillo. La camisa inmaculadamente blanca y los zapatos lustrados. Las uñas pulcras, el pelo en un corte milimetrado y la mano posada naturalmente en el bolsillo. Una mirada fría, ojos casi vidriosos y exhala su postura una falsedad inmutable; un silencio sepulcral, una maraña de inexistencias. En fin, una estampa envidiable. 
Al verme, quita la mano del bolsillo y me la ofrece galantemente. Me lleva a través del pasillo alfombrado, donde el sonido de mis zapatos de tacón se amortigua. El pasillo tiene espejos; uno tras otro; espejos. En ellos, se refleja el acontecer del momento. En ellos, se devuelve hacia mis ojos una imagen irreal. Se devuelve una corbata desanudada, una camisa sin almidonar, el pelo alborotado, los zapatos sin lustrar. Se devuelve una mirada pícara, una sonrisa burlona. Se devuelve un andar tumultuoso, un frufrú acongojante. 
Entonces, el pasillo desemboca en un salón de baile y veo sus zapatillas, su sonrisa tierna, sus manos temblorosas, pero cálidas. Veo su suave coqueteo en los ojos y el afán de protegerme. Veo sinceridad y me refugio en su pecho sin pañuelo. Me refugio en la sinceridad.