martes, marzo 13

Llámame.

Si me vas a llamar, que sea cuando el expreso viene llegando a mi ciudad. Que sea cuando tus botas toquen el charco de agua a la bajada del tren, cuando la lluvia aún no haya cesado de repiquetear contra mi ventana, cuando el velero azulado de nuestras penas no haya desaparecido.
Llámame, pero sin decir donde vienes, sin crear esperanzas ufanas, sin remolcar al presente recuerdo inescrupulosos. 
Llámame cuando el tren humee entre los árboles del Malleco, cuando la torrencial lluvia de invierno inunde los ríos del sur, cuando los campos sembrados de esperanza sean regados con la crecida.
Pero si llamas, que no sea para reprocharme lo que no hice, que no sea para sacar a la luz aquellos diáfanos días de primavera. Respetemos a los muertos, que por muy pérfidos, ya no están. 
Llámame, cuando el mar tormentoso golpee las rocas, cuando las bahías sean anegadas y mi lamento sea el eco de una noche antigua. Sólo entonces seremos capaces de escuchar el repiqueteo de una línea entrecortada por la tormenta y crear un día de verano con nuestras voces, allí, será el momento en que el tren siga su marcha.

sábado, marzo 3

Momentos.

El llanto barre del alma a la lucha del silencio, tus murmullos apagándose y el mundo empequeñeciéndose en mi mano. El llanto, bramido furioso de un lamento olvidado, crisantemo de invierno, lluvia de verano. No existen sepulturas para corazones rotos, sólo sueños utópicos para reavivar la llama. Ya no te busco, ni te espero, sólo en silencio veo tus pasos y anhelo que vueles perfecto.  
En ti, la dicha de ser diosa de verdad y belleza fue un lastimero sueño de inacabadas hormonas. Regurgitando como la ola tempestuosa de la medianoche. Lanzábamos lejos aquel retazo de pintura vertiginosa del futuro, todo lo alguna vez creado, destruido y yace derrumbado, enmoheciéndose, corroyéndose, desapareciendo. 
Ahora déjame alcanzar mi propio vuelo, con un ala lastimada, pero aún sobrellevando en mi pico el pez de la libertad, llevo en mis plumas el sueño de ser fiel y cada lastimero, pero valiente, aleteo, es un rugido de fuerza para amar y ser amada. Soy y seré un albatroz que vuela sobre el infinito mar. 
No existen rencores, ya no habrán llamadas, ni llantos desesperados, no habrán juegos de palabras, ni caricias furtivas, no existirán confusiones, puesto que nos estamos olvidando, dejando atrás, ya no existen huellas que caminen a mi lado, mi sendero se ha estrechado, si quieres volver a recorrerlo, habrá de pasar años. Si quieres conversar, aquí estaré, pero no esperes a la tierna muchacha que conociste a sus dieciocho, ya no es una niña, es una mujer, sus senos han crecido y sus caderas ensanchado. Sus pupilas visten tristeza y a su corazón le falta un trozo. 
Espera, que aún no termino, las palabras nacen como un bálsamo de sinceridad, quizás te mienta, pero quiero verte feliz y esperar serlo yo también. Ya vez, aquí acabo, por el momento.