“¿Qué te detiene?” Me preguntas como si ignoraras que soy un
colibrí que viaja de flor en flor buscando el elixir dorado de sus pétalos.
Como si no supieras que hace mucho deje de detenerme en un lugar buscando
excusas.
Sabes que arranco, como si el diablo me persiguiera. Arranco desesperadamente
de mis pensamientos, como cual sombra me persiguen. Arranco, sobretodo, de estas preguntas
confusas que no me dejan dormir.
Entonces, pequeña libélula, me pides que te cuente, como si yo fuera la vieja sabia
de pelo canoso.
No puedo reprimir el sollozo. No puedo reprimir suspiros. Ni
palabrotas de marinero. No soy quien
para juzgar, pero aún así lo hago: la cagaste.
La cagaste y nos dejas a todos en este estado lívido de
incertidumbre y asperezas de no saber quiénes somos y para dónde vamos.
Esperando que quizás la llamada recibida en la madrugada sea una jugarreta de
tus amigos.
Así, entonces, me detengo como cual colibrí bebiendo el
elixir de las flores a contemplar tu cuerpo inerte y desprovisto de todo hálito
de vida. No reprimo las lágrimas. Pero más por la rabia de que hayas conseguido
lo que yo no he podido en mil intentos, quizás por la cobardía de no ser tú.
Te admiro. Esa admiración de quien se ha propuesto ser el
mejor en algo, pero no hace nada para conseguirlo, como cuando admiramos al que
logra correr en menos tiempo una cierta distancia, pero lo hacemos a través de
la televisión comiendo papas fritas. Así te miro desde mi cristal ya medio
empañado por sollozos que según tus amigos son lágrimas falsas y de cocodrilos.
No éramos nada, no somos nada, ya no lo seremos nunca, pero
intento explicarte a través de estas palabras que podría haber sucedido mucho y
cortaste de raíz el nacimiento a una vida exuberante y cargada de analogías y
pensamientos poéticos. Te dejaste llevar por el arrebato del momento y te
entiendo, te comprendo, mas no te apruebo.
Entonces, así en la simpleza de mi juventud comprimida, te
digo que el hombre no vuelve al polvo, ni a las estrellas, sino que vuelve en
recuerdos y sueños, vuelve en caricias furtivas a los seres amados y en
ronroneos de agostos pasados. Volvemos en sangre, en silencio, en miedo y tristezas.
Pero, por sobretodo, volvemos cuando nos recuerdan.