sábado, mayo 18

Te Recuerdo


“¿Qué te detiene?” Me preguntas como si ignoraras que soy un colibrí que viaja de flor en flor buscando el elixir dorado de sus pétalos. Como si no supieras que hace mucho deje de detenerme en un lugar buscando excusas.
Sabes que arranco, como si el diablo me persiguiera. Arranco desesperadamente de mis pensamientos, como cual sombra me persiguen.  Arranco, sobretodo, de estas preguntas confusas que no me dejan dormir.
Entonces, pequeña libélula, me pides que te cuente, como si yo fuera la vieja sabia de pelo canoso. 


No puedo reprimir el sollozo. No puedo reprimir suspiros. Ni palabrotas de marinero.  No soy quien para juzgar, pero aún así lo hago: la cagaste.
La cagaste y nos dejas a todos en este estado lívido de incertidumbre y asperezas de no saber quiénes somos y para dónde vamos. Esperando que quizás la llamada recibida en la madrugada sea una jugarreta de tus amigos.
Así, entonces, me detengo como cual colibrí bebiendo el elixir de las flores a contemplar tu cuerpo inerte y desprovisto de todo hálito de vida. No reprimo las lágrimas. Pero más por la rabia de que hayas conseguido lo que yo no he podido en mil intentos, quizás por la cobardía de no ser tú.
Te admiro. Esa admiración de quien se ha propuesto ser el mejor en algo, pero no hace nada para conseguirlo, como cuando admiramos al que logra correr en menos tiempo una cierta distancia, pero lo hacemos a través de la televisión comiendo papas fritas. Así te miro desde mi cristal ya medio empañado por sollozos que según tus amigos son lágrimas falsas y de cocodrilos.
No éramos nada, no somos nada, ya no lo seremos nunca, pero intento explicarte a través de estas palabras que podría haber sucedido mucho y cortaste de raíz el nacimiento a una vida exuberante y cargada de analogías y pensamientos poéticos. Te dejaste llevar por el arrebato del momento y te entiendo, te comprendo, mas no te apruebo.
Entonces, así en la simpleza de mi juventud comprimida, te digo que el hombre no vuelve al polvo, ni a las estrellas, sino que vuelve en recuerdos y sueños, vuelve en caricias furtivas a los seres amados y en ronroneos de agostos pasados. Volvemos en sangre, en silencio, en miedo y tristezas. Pero, por sobretodo, volvemos cuando nos recuerdan.

martes, mayo 7

El hombre del Turrón

Fuera del liceo siempre había un caballero alto, de bata blanca vendiendo turrones. Era tradición los viernes, después de clases, comprarle un turrón y caminar al paradero saboreando ese magnífico turrón. Había viernes en que el turrón era más duro y sentías que te podía partir un diente, pero otros, parecía una crema deliciosa que se deshacía en el paladar.
No era la única que le compraba turrones. Todos le compraban, hasta que un día no fue más.
Al cabo de una semana en que nadie vio al hombre del turrón, decidí que no podía seguir esto de la misma forma y le fui a buscar. No tenía idea siquiera de su nombre, pero me acerque donde la dueña del quiosco de la esquina -esa que nos vendía belmont sueltos a $70-, a preguntar por él.

"¡Ah! Usted quiere saber de don Pancho, él vive en la Santa Rosa, allá abajo, cuando pase la cancha, dos cuadras, antes de llegar al peladero ¿Se ubica? ¿Quiere que la acompañe?"
Tras agradecer la información y desechar que me acompañara, partí a buscarle. Supuse que llegando con las indicaciones, después preguntar por él se me haría más fácil.
Crucé la línea del tren, recordando cuando acompañaba a mi abuelo a amarrar esos pequeños arboles, que ahora son gigantes y cubren la vista.
Caminé varias cuadras, no conocía mucho ese lugar, pero el querer saber de don Pancho -el caballero del turrón-, hacía que siguiera mi paso.
Llegué hasta donde me habían dado las coordenadas y no supe donde seguir. A lo lejos, divisé un negocio, esos típicos de barrio, donde venden los tabletones y los collac de caluga. Atendía una señora encorvada, con los ojos ya velados por las cataratas y un poco sorda. Tuve que gritarle para que me entendiera y me dijo que don Pancho estaba enfermo, que vivía en la casa blanca -inmaculadamente blanca, he de agregar-, de la esquina.
Llegué y la puerta estaba entornada. La empuje y me llegó un hálito de madera vieja. Estaba oscuro, a pesar de que afuera había un sol radiante. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, divisé al final del corredor a dos niños pequeños jugando.
Caminé hacia ese lugar y me encontré con don Pancho, acostado. Los niños a los pies de la cama jugando sobre el piso de tierra.
"Hola Don Pancho", le saludé. Pero me miró con los ojos perdidos en la nebuloza del tiempo y, en ese momento, supe que lo que buscaba era la salida de los recuerdos del hombre del turrón.

miércoles, mayo 1

Conmigo

Caminas conmigo a ritmo de seis octavas. Pestañeas en una danza sutil.
Diferencias arrastras, conmigo, no basta.
Soñaremos juntos, al cerrar los ojos, yo contigo, tu conmigo.
Renacer de las cenizas, cual amanecer, botados en la playa.
Morir y ser enterrado, conmigo, arrastrado.