La corbata le combinaba perfectamente con el pañuelo del
bolsillo. La camisa inmaculadamente blanca y los zapatos lustrados. Las uñas
pulcras, el pelo en un corte milimetrado y la mano posada naturalmente en el
bolsillo. Una mirada fría, ojos casi vidriosos y exhala su postura una falsedad
inmutable; un silencio sepulcral, una maraña de inexistencias. En fin, una
estampa envidiable.
Al verme, quita la mano del bolsillo y me la ofrece galantemente. Me lleva a
través del pasillo alfombrado, donde el sonido de mis zapatos de tacón se
amortigua. El pasillo tiene espejos; uno tras otro; espejos. En ellos, se
refleja el acontecer del momento. En ellos, se devuelve hacia mis ojos una
imagen irreal. Se devuelve una corbata desanudada, una camisa sin almidonar, el
pelo alborotado, los zapatos sin lustrar. Se devuelve una mirada pícara, una
sonrisa burlona. Se devuelve un andar tumultuoso, un frufrú acongojante.
Entonces, el pasillo desemboca en un salón de baile y veo sus zapatillas, su
sonrisa tierna, sus manos temblorosas, pero cálidas. Veo su suave coqueteo en
los ojos y el afán de protegerme. Veo sinceridad y me refugio en su pecho sin
pañuelo. Me refugio en la sinceridad.
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