jueves, junio 14

La Niña II

La niña se llamaba Elizabeth, tenía ocho pequeños años cuando llegó a vivir en la casa de aquella colina. Antes de su llegada, ni ella, ni los criados sabían de donde venía. Ella misma se puso el nombre y dicto una fecha de cumpleaños. Una vez por mes aparecía un caballero alto, de cejas gruesas y ojos verdes, con su sombrero de copa bajo el brazo. Llegaba con las provisiones para el mes y con libros para que la niña estudiara. Le decía que era su tío Agustín, que no podía vivir allí porque trabajaba en la ciudad y le quedaba muy lejos. La niña siempre le insistía en que quería ir a la escuela, pero su tío insistía en que no era lo apropiado para ella.
El tiempo transcurría de manera lenta y soporífera en aquella casa. La niña tenía todo lo que cualquier persona podría desear, recibía los mimos de todos los empleados de aquella casa, todos los animales correteaban a su alrededor y los pájaros picoteaban mansamente de su mano. Pero la niña sentía que nada tenía valor para ella, pues no conocía el mundo, nunca había ido a un mercado, nunca había podido escoger sus vestidos, sus zapatos o simplemente caminar por las calles de la ciudad.
Un día, especialmente azulado y transparente, Elizabeth decidió que era momento de conocer lo que había más allá de los jardines de la gran casa. Sabía que cualquier intento deliberado que hiciera de querer salir, sería encontrada por los sirvientes y acusada a su tío, por lo que urdió un plan para escapar. Junto en un bolso una botella con agua, otro par de sandalias, unos sandwiches y galletas, algo de dinero que le sacó a los criados y su prendedor de plata. Se puso su vestido más cómodo, tomó su sombrilla y espero que anocheciera. 
A las ocho de la noche en punto, anunció que se sentía cansada de tanto jugar y que se iba a ir a la cama. Subió las escaleras, cerró la puerta de su pieza y esperó. Sabía que cuando ella se iba a acostar, los criados quedaban terminando las últimas cosas de la casa por media hora más y luego se retiraban a sus habitaciones. Una vez transcurrido el tiempo, abrió cuidadosamente la puerta de su pieza, se quitó los diminutos zapatos y bajó las escaleras procurando hacer el menor ruido posible. Saltó el crujiente rellano de la escalera y en pocos segundos estuvo cerrando la puerta de entrada de la pieza.
Acto seguido, se encaminó hasta los limites de la propiedad, esperando que no despertara ninguno de los animales, que armaban un buen alboroto cuando la veían aparecer, lo cual podría alertar a los demás habitantes de la gran casa.
Llegó a la verja y la empujó. Ésta chirrió por la falta de uso y dio paso a una larga escalera, que bajaba la colina. La niña tomo aire y emprendió el descenso, primero ligeramente y luego con cuidado, pues se dio cuenta de que era peligroso. A medida que iba bajando, se iba haciendo más fresco el ambiente y más húmedo. Pronto unas gotas de rocío comenzaron a caer sobre sus dorados rizos. 
Luego de varias horas andando, que a la pequeña se le hicieron eternas, vislumbró el final de la escalera. Apuró un poco el paso y al cabo de algunos minutos llegó a tal anhelado lugar. ¡Cual fue su sorpresa al contemplar que al fin de la escalera no había nada! Sus pequeñas manos se posaron sobre el gélido cristal y golpearon fuertemente, pero sólo se devolvió a ella el eco de los golpes. En ese instante, la niña se dio cuenta porque no crecía: vivía en una burbuja de cristal.

viernes, junio 1

La niña.

El viento se arremolinó sobre la ciudad, las nubes grises apagaron el día y la lluvia incesante opacó las miradas de los hombres.
El silencio de un día lluvioso inundó a la ciudad. Polis de mentes frías e individualistas. 
La bruma no dejaba a los niños mirar más allá de sus palmas y el juego quedó olvidado en las esquinas viejas de las casas abandonadas. Los gatos dejaron de maullar y los perros se escondieron en sus guaridas.
Los pájaros emprendieron vuelo a cielos más cálidos y los nidos antes repletos, ahora se encontraban vacíos.
El tiempo, detenido. La sombra, esfumada. 
La neblina invadió la ciudadela, uno por uno sus rincones, uno a uno sus barrios, uno a uno hizo desaparecer las aceras, uno a uno ocultó los árboles, uno a uno ocultó a los hombres de sus pensamientos.
La neblina entraba por la nariz fría, directo a los pulmones. Cada aspiración llevaba un trago amargo de pensamientos vacíos, fríos, individuales a los seres que allí habitaban. 
Seres autómatas, distaban mucho de ser hombres, ya.
Pronto, sobrevino la noche, todavía más fría que el día. Noche porque la oscuridad no daba paso a saber que había a tan solo un centímetro de sus narices. Porque palmo a palmo se debía andar. Oscuridad que se tragaba las luces. 
Pero allí, en medio de esa inmensa melancolía, entre toda esa frialdad, junto a esos seres privados del sentir, entremedio de las sombras, de la niebla, de la lluvia, se hallaba una niña pequeña, de risos dorados como el trigo en verano. Ojos verdosos como las aguas del sur de Chile. Piel blanca y aterciopelada como muñeca de porcelana. Una sonrisa que brilla más que los rayos del sol del mediodía. Una voz tan graciosa como los ruiseñores en primavera. Su vestido veraniego, flotaba en su menudo cuerpo, como si no la tocase. Sus movimientos eran tan graciosos que todo aquel que la veía quedaba embobado. 
Esta pequeña niña, vivía en la mansión más alejada de la ciudad, lugar al que la lluvia no llegaba, la niebla no accedía, el viento apenas golpeaba las bisagras. Solamente el sol tocaba suavemente sus ventanas y los animales correteaban felices en esa eterna primavera.
La niña no sabía lo que era la felicidad. No sabía lo que era la tristeza. No sabía de sufrimientos, privaciones. No sabía de dichas, ni alegrías. Puesto que la niña vivía aislada de todo y de todos. No conocía más que los muros de la finca en la que vivía. No sabía que existían las nubes, no sabía que a los pies del faldeado cerro, existían estos seres autómatas. Ignoraba cuanto sucedía al rededor suyo. Y ellos la ignoraban a ella.