Hermosa la risa que nace de tus pequeños labios, sinestesia de mis aullidos redondos al momento de la no lujuria vertiginosa de la madrugada. Soñolientos pasos del alba de medianoche.
Me tocan tus manos, ya no tan suaves, pero con más confianza, ahora has aceptado el acecho innegable de dos caminos que se ya no van a la tangente, sino que cruzan y cortan, anidan vacíos en el espacio intergaláctico de sombras alucinadas.
Fumo, el humo de mi cigarro gira sobre nuestras cabezas, lo ves salir por la ventana y me miras con el ceño fruncido, entrelazas tus manos y me dices que ese hábito de buscar la muerte ahogada lo debería dejar. No te escucho, absorta en mis pensamientos, en mis ruidos cerebrales que centellean pasiones.
Vuelves de nuevo sobre tus pasos y me recalcas que me engañas con cuadernos y libros, que tu amante más perfecta es el resultado perfecto. Pero no me pondré celosa de los conocimientos que te invaden. Procuraré utilizar su mismo espacio, más no con la misma fortuna.
Receloso murmuras palabras inteligibles, no pido que las repitas, ya las conozco, mi futuro las conoce, pero son palabras inventadas por ese lenguaje pequeño de dos seres que se van conociendo.
No hay ruido más bello que tus suspiros, robados del fondo de tu garganta y auspiciados por tus pequeños labios.
Intento no mirarte, mas me vuelvo sobre mis hombros y aparto mi pelo para contemplar mejor la forma de tus hombros agachados. Tu caminar no tan resuelto, quizás tu movimiento abatido, tus pies arrastrando la arenilla, tus ojos vedados.
Tu olor invade mi cuerpo como el suave perfume del sándalo al atardecer. Y caigo en cuenta de que no eres el fruto de mi implacable imaginación, sino ser corpóreo de la esta tierra vida mía que luchamos por conservar.
Te fuiste hace varias horas, ya. Pero sé que mañana nos volveremos a encontrar. Cerraré mis ojos cuando termine estas palabras y sé también que inundarás mis sueños.