Bailas llevada por las notas a través del parqué. Te llevan como desnuda los pétalos de las rosas a través de los compases alegres de la melodía.
Tu vestido produce un frufrú constante al rozarse con tus piernas, brazos, cabello...
Giras y giras en una danza hermosa y sutil, a veces más marcada, a veces más lenta. Sonríes y sigues bailando con los ojos eternamente cerrados.
Dulce, dulce melodía te lleva y sale el sol, sus rayos te iluminan y hacen que tu danza sea más hermosa y sosegada.
Voloteas y revoloteas con la licencia de Neruda, tus gentiles pasos descansan a la hierba sazonada de rocío fresca.
La gente ya se ha ido y tu te has quedado dando pasitos de bailarina y minué de doncellas. Giras y giras en un eterno revoloteo de los pájaros en las primavera.
Los sirvientes llegan al salón y limpian el desastre de la noche de juerga y tu sigues allí danzando; las flores se abren, los ratones se esconden y tu permaneces impasible dando pequeños tumbos de bailarina y te vas haciendo más y más pequeña con el paso de la tarde y el minué avanza impasible sobre el piano cerrado y los violines sin cuerdas.
Bailas y bailas, pequeña muñeca a cuerda, sin paz y sin sosiego. No te dejan descansar, ni aún a la luz del día, dirigida por los invisibles hilos de sus dioses.
Las notas del piano son estridentes y deshacen tus oídos, pequeña bailarina, pero no puedes parar. La fuerza de los rayos del sol no te dejan.
Intentas hablar, gritas, pero tus labios no se mueven y el único sonido que se escucha, es el piano desafinado, los violines rotos y el llanto de los niños que han muerto sin bautizo.
Se repiten las notas como tu repites tus pasos de bailarina. Tus dedos crujen, tus piernas mueren, pero sigues la danza macabra del minué sin fin.
Pero sabes que no te puedes detener, que no hay fin, que la milonga debe continuar sin cesar, porque no eres más que la muñeca insertada en un clavijero. Eres la muñeca danzarina de las cajitas de música que se le regalan a las niñas y por error, te han dejado abierta.