sábado, noviembre 27

Palpita.

Miseria mirar el reloj al levantarse. Son los tic tac de vida que pasan como una metralleta de recuerdos que no alcanzas a formar. Ruidoso presente, reloj rechinante. 
Encender la vida por la mañana y entender que se te acaba el mundo, que el corazón ya no bombea sangre, sino un líquido extraño que tiene la mala idea de mantenerte con vida. Un cedazo extraño tamiza los recuerdos, dejando siempre los más hermosos sobre el tapete. Esa hermosura que tanto contrasta con tu vida ahora.
Es risible, tu cara en aquellas fotos, dibujadas de felicidad y el espejo que ahora te devuelve el demacrado maquillaje de unos ojos rojos, hinchados de tanto llorar.
El instinto de tu alma de no arrancarse de tu cuerpo, porque los sentimientos tienen que afluir de algún lugar.
¿Qué hago con todo esto que ahora sobra? ¿Es posible regalar algo que no tienes?
Ya no soy capaz de contener tanto daño y sufrimiento, necesito un escape, botarlo todo y decirle, pero ¿Para qué? ¿Qué le voy a decir? ¿Que lo amo? Ya no me escucha, está cansado de mi, ya no quiere mirarme.
No voy a dejar que me aplaste. Cueste lo que cueste, salir adelante y seguir con lo que realmente importa: yo.

viernes, noviembre 26

Una tarde de martes.

Una vez, un profesor me dijo que uno vivía una semana. Nada más que una semana en la universidad. Que cada año era un día y que cada día tenía una mañana y una tarde. Y que cada mañana era un semestre y cada tarde otro.
Este profesor me dijo que yo estaba en la tarde del martes, esperando pacientemente por llegar a la mañana del miércoles.
No puede estar más cercano a lo que siento ahora, lo único malo, es que cada hora de aquellos días son interminables y esforzados, sigue y suma, en la noche de este martes tendré pocas horas para dormir y seguir con el miércoles, pero siempre con la fortaleza de que la semana ya acabará. 
Pero ¿Realmente queremos que la semana acabe?
Todo transcurre como sueños nebulosos de anestesia. Eres tu o soy yo el ente presente entre estas líneas?

martes, noviembre 23

Sin voz.

En las tardes de Alejandría suele haber humedad. Salgo a la terraza a contemplar el mar que se ve a mis pies. Recuerdo las tardes atravesando el río para encontrarla, para besarle. Ella fue mía, mucho tiempo mía, pero el tiempo me la ha arrebatado de a poco. 
Ahora estoy solo, sólo sentado, solo amante, sólo recuerdo. E incluso estoy sin voz.

domingo, octubre 31

Un tarde en Buenos Aires.

En aquellas tardes calurosas, después de la siesta, donde nos juntábamos a pintar acuarelas que se derretían. Si, aquellas tardes, ¿las recuerdas? Dónde las pinceladas se iban entre el humo de mi eterno cigarrillo afrancesado y la radio ruidosa, anunciando quizás que próximo tango. 
No, veo que te extrañas. Parece que aquel recuerdo de nuestros dieciocho años se te hace demasiado lejano. 
Quizás rememores aquellas caminatas invernales, lluviosas, que tanto nos gustaban. Bueno, para que ando con cosas, a vos te gustaban más que a mi, el ruido de la lluvia, un café humeante y tomados de la mano, mojándonos. Y yo me enojaba tanto, ¿ves? Te ríes, de esto si te acuerdas mejor. 
Quizás aquel paseo a Caminito te haga volver a aquella tarde, bien nubosa, sentados en aquel recodo de la calle, donde ahora están los tangueros, sacándose fotos con los turistas. Allí fue dónde tuve la valentía de decirte que te quería. Siento que todavía la vergüenza me consume, pero veo tu cara en estos momentos, que irradian aquella felicidad que me hace enamorarme nuevamente de ti.
Quiero recordar, la primera vez que fuimos a la casa de tus padres, allá en el sur. Ese suave murmullo de los grillos, camuflado con el pasar de uno que otro auto, cortando el ruido del silencio. Esas noches veraniegas, dónde las luciérnagas salían a nuestro encuentro, guiándonos a maravillosas caminatas. ¿Recuerdas? Si, veo que si, te estás riendo a carcajadas y creo saber porqué. 
Estábamos en el campo, salimos muy temprano a caminar, tomados de la mano ya, buscábamos leche fresca. La encontramos, nos ordeñaron la vaca y llevábamos de vuelta un balde lleno. Y tan mal que te hizo, si eres intolerante a la lactosa, sufriste toda la mañana de unos cólicos horribles. Pero siempre estaba ahí, para tomarte de la mano, poner paños fríos en tu vientre, secar tu sudor.
Lindos recuerdos que tengo, al mirar tus ojos ya vacíos, pues tus cuencas sólo guardan lo atrofiado de tus pupilas que ya se están volviendo amarillas. La enferma me dice que deliro, puesto que le cuento historias a tu cadáver, si ya sé que has muerto, le digo, pero ella no sabe que hacemos el amor clandestinamente en las madrugadas. 
La enfermera no sabe que yo también he muerto. Contemplo ahora mi silueta, tan mal traída. Y no dejo olvidar aquella tarde de primavera hermosa, en que juramos que nos amaríamos como nunca. 
Espérame, te pedí. Me tomaste de la mano y comenzamos a andar.