El cielo de estar prístino ha pasado a ser lúgubre. Como si la mano del todopoderoso hubiese descuidado este rincón tan apartado del mundo y el vendaval de raso gris se apoderase de nuestras vidas.
No obstante, a lo lejos se aprecian aún los cerros cubiertos de mullida esmeralda que es mecida por el caleidoscópico viento.
Entonces hieren y emergen del lodo las manos urbanas de concreto ensuciando el revoloteo de las mariposas en primavera y desaveniendo el cause del río que vuela cual saeta hacia la desembocadura. Entonces -y nuevamente-, esas manos de concreto emergen de lo profundo del cause elevando ruidosos cruces que yerguen en sus cúspides el vuelvo del cóndor.
Las brochas de mil inviernos más sus mil primaveras, han pintado de colores refulgentes este valle nacarado y han adormecido sobre si, el cuerpo lechoso de una virgen desnuda. Hasta la llegada de la criatura embadurnada de barro y ha desenvainado la espada de la modernidad, haciendo de un solo movimiento del sable la ruptura de las cuerdas que atan este valle prístino para desembocar en sus charcos la vergüenza e ignomia de la humanidad. Cual vertedero, cual cementerio de concreto, cual pleistoceno divide las aguas y embadurna de excremento sus mares.
Entonces, la muchacha llora de impotencia y sus lágrimas coronan este día que de ser cielo azulado, ha pasado a estar nublado.