viernes, diciembre 14

La Muerte

¿Es acaso dormir un pedazo de Muerte? Siempre pienso que el despertar es como un renacer incauto. Pero por momentos quisiera no volver a reconocer la vida y dejarme llevar por el misterio del no existir.

Tuve mi incursión con la muerte hace unos años atrás. La conocí precisamente para el aniversario de mi matrimonio. Fallido matrimonio -he de agregar-, cuando quise ponerle fin a mi lúgubre existencia en esta tierra.
No sé cuantas fueron las cajas de pastillas que tomé, ni cuantos los tragos de vodka, pero me puse mi pijama y me metí a la cama esperando ese dulce momento en el que dejaría de existir... y de sentir.
Al poco rato, mis ojos comenzaron a volverse pesados, cerré los ojos y... sentí que no fuera más que un pestañeo. Al abrir los ojos, estaba ella allí. Si, la Muerte estaba en un taburete sentada frente a mi cama, contemplándome con su mejor cara de póker.

La Muerte es una mujer entre los 35-40 años, con una mirada madura, un vestido negro, cabello lacio y finas facciones. Sus ojos transmiten piedad y dureza. Su piel lechosa invita a acariciarla y sus manos parecen suaves alelíes blancos. 
La miré fijamente, casi como anonadada y en ese instante se acercó a mi y me acaricio el pelo. Cerré los ojos conteniendo el llanto, de amargura por pensar que ni aún la muerte me traería paz.
"Pobre muchacha, crees que eres la única persona en este mundo que sufre y resuelves quitarte la vida para no existir, ni sentir más. Sueñas que esta será tu vía de escape ante los infortunios ¿Crees que soy buena? Vas a ver que significa la muerte, me vas a acompañar veinticuatro horas y tu serás quien te lleves a las personas".

martes, diciembre 11

Censo de Pecas

Te quiero contar las pecas. Una a una, esas pecas de pelirroja que me vuelven loco. 
Las pelirrojas me producen cosquillas y tu tienes las suficientes pecas para querer contarlas.
Contigo me cuesta ponerme serio, veo tus pecas y tu sonrisa a la luz del sol y las cosquillas se transforman en nervios.
Quiero tallar tus manos, brazos y hombros con las yemas de mis dedos y jugar a las escondidas con tus manos. Produciendo calor y cosquillas, como una suerte de electricidad excitante.
Quiero llevas tus manos a mi cara, para que sientas mi respiración como aumenta, a medida que aumenta la excitación.
Quiero recorrerte hasta encontrar que te gusta y que me gusta de ti. Contar tus pecas en ese instante no va a ser suficiente y me lo dirá las ganas de tus ojos. Las copas de vino me ayudarían a jugar con esta ambigüedad de saber si quieres o no y recorrer suavemente con mis labios tu lechosa piel.

¿Será cierto que cada peca es un alma que te has robado? 

Extracto de una carta.

sábado, diciembre 8

Villa Grimaldi cap. 2

Mi cuerpo tiembla, no siento mis manos, ni mis pies. Sueño que estoy y no estoy. Quisiera ser espíritu que vaga sin sufrimiento por esta tierra. 
No sé cuanto tiempo llevo en esta jaula, no sé cuanto tiempo más estaré antes de que me maten. Dudo que saldré viva de esta tortura, dudo que alguien escuche mis suplicas. 
¿Existirá Dios? Tantos años negando y ahora clamo por la piedad de ese ser que podría salvarme. Lloro.

No sé cuanto tiempo ha pasado, esta celda no tiene ventanas, pero me parece que ha transcurrido una eternidad. Se abre la puerta y entra Urrutia con agua y se sienta y me mira. Agarro la botella y me bebo el contenido casi de un trago. Lo miro agradecida y pienso que estos hijos de puta, algunos todavía conservan el alma. Saca de su chaqueta unas vendas y me toma las muñecas, con cuidado me cura las llagas. 
-Gracias- logro susurrar.
-Ssh, nadie debe saber que he venido a ayudarte- dice mientras me entrega una carta, se para y se va. La desdoblo y leo:

"Querida Antonia, quiero ayudarte a salir de aquí. Quisiera irme contigo muy lejos, donde el echo de tu ser anarquista y yo desertor no sea un problema para vivir. Eres preciosa y seguiré viniendo a verte. Espero aceptes este amor desinteresado de este hombre que ha cometido errores en su vida. Un beso. A. U."

Toda mi vida he conservado esta nota, que en ese momento vislumbre como mi carta a la salvación. No sabía de que manera, pero de ahí iba a salir viva.

jueves, noviembre 29

Promesas

Nosotros íbamos a tener una hija, me lo prometiste.
Prometiste que sería pelirroja como yo, que tendría tu color de ojos y se llamaría Amalia Jesús. 
Me dijiste que íbamos a vivir en una casa grande, con ventanales amplios por donde entraría la luz del sol, un patio amplio con perros correteando por ahí.
Me prometiste que íbamos a ser felices, juntos para siempre, amándonos.
Prometías que nos casaríamos y que sería la novia más feliz sobre la tierra.
Me dijiste que nada nunca nos separaría, porque nuestro amor era más fuerte.
Me prometiste que nunca te irías.



Ha pasado el tiempo y ya no estás. Nada de esto existe. ¿O acaso soy yo quien dejó de existir?

lunes, noviembre 5

Villa Grimaldi, capítulo 1.

Me llamo Antonia Rivas, soy anarquista y fui tomada detenida el 28 de febrero del año 74. Estuve en villa Grimaldi por cinco meses y medio. Esta es mi historia.

Cierro los ojos conteniendo las lágrimas. Trago mi saliva e intento contemplar la imagen desde fuera.

Me veo amarrada, con los brazos estirados y unas cuerdas me atan fuertemente de las muñecas hacia unas vigas del techo. Estoy sentada en una silla y mis pies fuertemente atados a las patas de aquella. Tengo una mordaza en mi boca que me dificulta el respirar y no puedo gritar. 
Es un lugar algo vacío, hay unas luces colgando del techo, el suelo es de cemento y las paredes parecen de latón. Al girar las cabeza, veo una mesa con muchas cosas relucientes que no alcanzo a distinguir. Mi garganta se seca. No se escucha ningún ruido y no sé si es de día o de noche.

Me trajeron a este lugar hoy, no sé si hace diez horas o diez minutos. Da igual, aquí el tiempo transcurre más lento. Estuve encerrada en una celda de dos metros varios días o eso me parecía. Por todo alimento una escudera de una sopa violácea con algo flotando que tomaba como si fuera un manjar. Mi ropa quedó toda orinada y mi pelo sucio. Miro mis manos y casi ni las reconozco, tengo las uñas resquebrajadas y la piel agrietada. Sé que si me mirara a un espejo, tendría la cara demacrada.

Mis sueños, estas noches o días, han sido la pesadilla de como me trajeron acá. 
Estábamos con los compañeros en el sótano de la casa de Pedro Gonzalez. Al día siguiente, primero de marzo, íbamos a salir a repartir pasamanos con información para los compañeros de la población, cuando sentimos unos golpes en la puerta y alguien de una patada la derriba y nos apunta con una pistola. Deben haber sido unos veinte y nosotros éramos seis. Me tomó un tipo jóven, pero con mucha fuerza del brazo y casi arrastrándome me subió a un furgón junto a Cristian. Me miraba con cara de "hasta aquí llegamos, fue un gusto conocerte". Nos llevaron directo a villa grimaldi, lo supe por el olor a rosas.
Inmediatamente nos separaron y a mi me llevaron a la oficina del encargado. Un hijo de puta que intentó violarme, si no fuera porque el joven que me tomó en la casa le dijo que le pertenecía. 
Años más tarde, sabría que se llamaba Alejandro Urrutia y que lo mataron cuando intentó salvarme.

Sigo amarrada, siento que llevo horas aquí. Escucho unos pasos a lo lejos y espero que no me lleven a la Torre, porque eso significa muerte segura. Me caen las lágrimas, ya no siento mis brazos. Al poco tiempo siento unos pasos y un aliento de cigarro mezclado con un perfume de hombre me habla directo a la cara.
-¿Cómo te llamas putita?- Y me arranca el trapo de la boca. La tos no se me hace esperar y logro mascullar entre gemidos mi nombre. El hombre me acerca agua a los labios que bebo con frenesí.
Me interrogó todo el día, o por lo menos eso me pareció. Por suerte la organización que teníamos impedía conocer los nombres de todos los compañeros del colectivo, sino los habría dicho todos. Lo único que quería era salir de allí. 
A las horas -o minutos-, me sacaron de allí arrastrándome hacia mi jaula. Una voz suave me habló cerca del oído cuando me dejaron en la jaula -Volveré en unas horas más a traerte comida, aguanta-. 
Quedé tendida en el suelo gimiendo de dolor y llorando de vergüenza.

domingo, octubre 21

Sueño.

Tengo los ojos cerrados. 

Sé que estoy sentada y tengo los pies descalzos y las manos desnudas. Mis manos se posan sobre el suelo y siento el contacto con la tierra húmeda, ramas y hojas que han sido bañados por el rocío.
Escucho atentamente el susurro del viento entre los árboles, el caer de un río a lo lejos y el solapado aleteo de un pájaro emprendiendo vuelo. Escucho mi respiración en calma y el sonido de animales que posan sus patas cercanas a mi.
Huelo la tierra húmeda, las hojas en descomposición. El viento me trae bocanadas de olor a flores, mezcladas con el rocío. Huelo mi perfume.
Abro los ojos y debo esperar unos minutos para acostumbrarme a la claridad. No sé cuando fue la última vez que abrí los ojos. Veo colores primero, formas después. Veo árboles a mi alrededor, una largatija cerca de mis manos. Veo mi desnudez en medio de ese páramo.
Siento un latido, que no es el de mi corazón. Bajo a la mirada y poso mis manos sobre mi abdomen. El parto se precipita y doy a luz en medio de ese claro de un bosque, ayudada por el canto de los pájaros y el susurro del viento que revolotea en mi cabello. Un grito desgarrador nace de mi garganta y con los dientes corto el lazo que nos une -a aquella criatura y a mi-. La sostengo contra mi pecho y ....

Abro los ojos lentamente, me cuesta moverme. Miro hacia los lados y soy la misma de siempre. Pero el recuerdo vivo de lo que ha sucedido me tiene inmovilizada. No sé si el sueño es este o es aquel. 

viernes, septiembre 28

Me gustas

Me gustas, pero no cuando callas, sino cuando hablas. Me gustas cuando tu voz suave se posa como una mariposa sobre mis manos y la distancia queda callada en burbujas de jabón. 
Recuerdo esas mañanas tristes y suaves de otoño en las laderas del cerro en Los Sauces. La lluvia había lavado la suavidad arcillosa de la tierra y nosotros allí sentados contemplábamos el amanecer. Las botellas vacías tintineaban con el viento y las colillas de cigarro se esparcían por la hierba. 
Recuerdo que me tomaste de la mano o yo te la tomé a ti, la verdad es que no estoy segura, la cantidad de alcohol que había en mi sangre no me permite tener claro ese momento. Pero si recuerdo con extrema claridad ese beso, quizás un poco sucio, quizás demasiado pasado en esa mañana. 
Recuerdo y escribo estas palabras con la angustia pegada en mi garganta y las lágrimas caen como suicidas. Esa noche, esa mañana, bebimos porque te ibas, porque yo me iba. Cada uno remontaba su vida para cumplir nuestros proyectos. Y ahora vuelvo la cabeza hacia el pasado y comparo nuestras historias, nunca nos debimos haber separado. Ninguno de nosotros cumplió con los sueños que habíamos forjado en las tardes de conversación en las bancas de la plaza. Ambos nos cambiamos mil y una vez de profesión, hasta acabar siendo eruditos de la nada. 
Sin embargo, recuerdo ese momento cual fuera ayer. Tu te ibas, yo me iba. 

martes, septiembre 25

A. Sebastián.

Sucede que A. Sebastián se fue al extranjero. Se fue en mayo de 2008 a Asutralia. Se fue a Australia y no supe nada más de él.
A. Sebastián era mi compañero de primaria. Lo conocí el año 1994, marzo. Ambos teníamos 5 años. Desde ese primer día que fuimos inseparables. Curiosa coincidencia, te sentaron a mi lado por ser desordenado y yo muy quieta. Congeniamos, conversábamos, fuimos creciendo juntos. 
Recuerdo que a los 6 años nos hicimos una promesa: cuando fuéramos grandes nos íbamos a casar. 
Es claro que unos años más tarde, te enamoraste de una niña bonita, que yo detestaba solamente de celos.
Recuerdo cuando cumpliste 15 años y te celebramos en esa disco de moda, cuando tomé el micrófono para dedicarte una canción y tu corrías a abrazarme.
Recuerdo, A. Sebastián, nuestra primera vez juntos, tomamos esa decisión de conocer el sexo por primera vez y sin querer nos enamoramos. 
No era de extrañar, ya que por mucho tiempo dormimos juntos, por mucho tiempo salía desnuda de la ducha y como si fueramos hermanos la confianza fluía.
A. Sebastián se fue al entranjero. Se fue en mayo de 2008 a Australia.
A. Sebastián era mi compañero de primaria. Y yo le quería. Él me quería y desde entonces que no supe nada más de él. Mañana tengo vuelo a Australia. Mañana es marzo de 1994 y conoceré a A. Sebastián.

miércoles, septiembre 19

Conjugación del verbo Amar.

Yo te amaba. Tu me amabas. Ellos amaban como nos amábamos. Ustedes amaban como nos amábamos. Pero ya no me amas, ni yo te amo, ni ellos aman como nos amábamos, ni ustedes aman como nos amábamos. 
Ahora amo el amor que nos teníamos, anhelo el amor de amarnos, de amarte sin amarnos, de amarnos sin amarse. 
Sueño con amores amados, con amantes amándose. Amados muriéndose de amor. Amor muriéndose en los amantes.
Amantes jugando a ser amados, sin amor, sin amados, sin amarse.
Amé amarte, amantes amados, amándose. Amarán, sin lugar a dudas, como nos amábamos, como nos amaremos en el fragor de nuestros sueños. Y sin embargo, nosotros, ya no nos amamos.

jueves, agosto 16

Tiempo.

Silencio, se escuchan unos pasos. (Un minuto). Silencio, se escuchan unas voces. (Cinco minutos). Muere.
Cadavérico. Nuevamente pide silencio. (Esta vez, diez minutos). Ahora las risas parecen espasmos y las luces se apagan. Se escucha un aullido lejano y manos buscando no chocar con las cosas. (Veinte minutos). Las luces se vuelven a encender y contempla la sala. Una mesa con un florero azul y un clavel rojo, un mantel de cuadritos, verde. Dos sillas, en una de ellas hay una muñeca, la otra está vacía, pero alejada de la mesa. Detrás, un cuadro poco claro. Un reloj que anuncia las tres. Tocan la puerta. Nadie abre. Dos golpes. (Veinticinco minutos). Cinco golpes. (Treinta minutos). Derriban la puerta. No hay nadie. Las luces se vuelven a apagar y se escucha una música de vals de fondo. (Una hora). Las luces continúan apagadas y se escucha el correr de una cortina. (Se detiene el tiempo).

jueves, julio 5

Lágrimas.

Viaja por mi garganta, a veces más rápido, otras sale como atascada. Los espasmos de mi respiración le dan bríos para continuar. Viaja, dependiendo de cuantas le sigan atrás. Si va sola, es más lenta, pero más dolorosa. Cuando viajan varias, por momentos se vuelve imposible detenerlas.
Se van alimentando por el camino de esos pensamientos extraños, que muchas veces calificamos sin nombres, porque son esos pensamientos revueltos, mezclados con sentimientos, arremolinados en torno a sucesos pasados, presentes, futuros, ectópicos.
Se agolpan una a una en el abismo y allí aguardan, quizás una milésima de segundo, quizás una vida entera. Aguardan el empuje final, se balancean sobre sus diminutas patitas, se inclinan hacia delante y regresan a su posición original. Cuando viajan solas, el salto se vuelve eterno, miran y miran hacia lo oscuro del abismo. Cuando van varias, se empujan las unas a las otras a medida que van llegando. Cuando al fin logran saltar, recorren un camino suave, para nada ripioso, como cual esquí sobre la nieve. Hasta que de pronto se encuentran con el fin, donde sus pequeñas partículas se confunden con la intensidad.

jueves, junio 14

La Niña II

La niña se llamaba Elizabeth, tenía ocho pequeños años cuando llegó a vivir en la casa de aquella colina. Antes de su llegada, ni ella, ni los criados sabían de donde venía. Ella misma se puso el nombre y dicto una fecha de cumpleaños. Una vez por mes aparecía un caballero alto, de cejas gruesas y ojos verdes, con su sombrero de copa bajo el brazo. Llegaba con las provisiones para el mes y con libros para que la niña estudiara. Le decía que era su tío Agustín, que no podía vivir allí porque trabajaba en la ciudad y le quedaba muy lejos. La niña siempre le insistía en que quería ir a la escuela, pero su tío insistía en que no era lo apropiado para ella.
El tiempo transcurría de manera lenta y soporífera en aquella casa. La niña tenía todo lo que cualquier persona podría desear, recibía los mimos de todos los empleados de aquella casa, todos los animales correteaban a su alrededor y los pájaros picoteaban mansamente de su mano. Pero la niña sentía que nada tenía valor para ella, pues no conocía el mundo, nunca había ido a un mercado, nunca había podido escoger sus vestidos, sus zapatos o simplemente caminar por las calles de la ciudad.
Un día, especialmente azulado y transparente, Elizabeth decidió que era momento de conocer lo que había más allá de los jardines de la gran casa. Sabía que cualquier intento deliberado que hiciera de querer salir, sería encontrada por los sirvientes y acusada a su tío, por lo que urdió un plan para escapar. Junto en un bolso una botella con agua, otro par de sandalias, unos sandwiches y galletas, algo de dinero que le sacó a los criados y su prendedor de plata. Se puso su vestido más cómodo, tomó su sombrilla y espero que anocheciera. 
A las ocho de la noche en punto, anunció que se sentía cansada de tanto jugar y que se iba a ir a la cama. Subió las escaleras, cerró la puerta de su pieza y esperó. Sabía que cuando ella se iba a acostar, los criados quedaban terminando las últimas cosas de la casa por media hora más y luego se retiraban a sus habitaciones. Una vez transcurrido el tiempo, abrió cuidadosamente la puerta de su pieza, se quitó los diminutos zapatos y bajó las escaleras procurando hacer el menor ruido posible. Saltó el crujiente rellano de la escalera y en pocos segundos estuvo cerrando la puerta de entrada de la pieza.
Acto seguido, se encaminó hasta los limites de la propiedad, esperando que no despertara ninguno de los animales, que armaban un buen alboroto cuando la veían aparecer, lo cual podría alertar a los demás habitantes de la gran casa.
Llegó a la verja y la empujó. Ésta chirrió por la falta de uso y dio paso a una larga escalera, que bajaba la colina. La niña tomo aire y emprendió el descenso, primero ligeramente y luego con cuidado, pues se dio cuenta de que era peligroso. A medida que iba bajando, se iba haciendo más fresco el ambiente y más húmedo. Pronto unas gotas de rocío comenzaron a caer sobre sus dorados rizos. 
Luego de varias horas andando, que a la pequeña se le hicieron eternas, vislumbró el final de la escalera. Apuró un poco el paso y al cabo de algunos minutos llegó a tal anhelado lugar. ¡Cual fue su sorpresa al contemplar que al fin de la escalera no había nada! Sus pequeñas manos se posaron sobre el gélido cristal y golpearon fuertemente, pero sólo se devolvió a ella el eco de los golpes. En ese instante, la niña se dio cuenta porque no crecía: vivía en una burbuja de cristal.

viernes, junio 1

La niña.

El viento se arremolinó sobre la ciudad, las nubes grises apagaron el día y la lluvia incesante opacó las miradas de los hombres.
El silencio de un día lluvioso inundó a la ciudad. Polis de mentes frías e individualistas. 
La bruma no dejaba a los niños mirar más allá de sus palmas y el juego quedó olvidado en las esquinas viejas de las casas abandonadas. Los gatos dejaron de maullar y los perros se escondieron en sus guaridas.
Los pájaros emprendieron vuelo a cielos más cálidos y los nidos antes repletos, ahora se encontraban vacíos.
El tiempo, detenido. La sombra, esfumada. 
La neblina invadió la ciudadela, uno por uno sus rincones, uno a uno sus barrios, uno a uno hizo desaparecer las aceras, uno a uno ocultó los árboles, uno a uno ocultó a los hombres de sus pensamientos.
La neblina entraba por la nariz fría, directo a los pulmones. Cada aspiración llevaba un trago amargo de pensamientos vacíos, fríos, individuales a los seres que allí habitaban. 
Seres autómatas, distaban mucho de ser hombres, ya.
Pronto, sobrevino la noche, todavía más fría que el día. Noche porque la oscuridad no daba paso a saber que había a tan solo un centímetro de sus narices. Porque palmo a palmo se debía andar. Oscuridad que se tragaba las luces. 
Pero allí, en medio de esa inmensa melancolía, entre toda esa frialdad, junto a esos seres privados del sentir, entremedio de las sombras, de la niebla, de la lluvia, se hallaba una niña pequeña, de risos dorados como el trigo en verano. Ojos verdosos como las aguas del sur de Chile. Piel blanca y aterciopelada como muñeca de porcelana. Una sonrisa que brilla más que los rayos del sol del mediodía. Una voz tan graciosa como los ruiseñores en primavera. Su vestido veraniego, flotaba en su menudo cuerpo, como si no la tocase. Sus movimientos eran tan graciosos que todo aquel que la veía quedaba embobado. 
Esta pequeña niña, vivía en la mansión más alejada de la ciudad, lugar al que la lluvia no llegaba, la niebla no accedía, el viento apenas golpeaba las bisagras. Solamente el sol tocaba suavemente sus ventanas y los animales correteaban felices en esa eterna primavera.
La niña no sabía lo que era la felicidad. No sabía lo que era la tristeza. No sabía de sufrimientos, privaciones. No sabía de dichas, ni alegrías. Puesto que la niña vivía aislada de todo y de todos. No conocía más que los muros de la finca en la que vivía. No sabía que existían las nubes, no sabía que a los pies del faldeado cerro, existían estos seres autómatas. Ignoraba cuanto sucedía al rededor suyo. Y ellos la ignoraban a ella.

lunes, abril 23

Risa ruidosa.

Hermosa la risa que nace de tus pequeños labios, sinestesia de mis aullidos redondos al momento de la no lujuria vertiginosa de la madrugada. Soñolientos pasos del alba de medianoche.
Me tocan tus manos, ya no tan suaves, pero con más confianza, ahora has aceptado el acecho innegable de dos caminos que se ya no van a la tangente, sino que cruzan y cortan, anidan vacíos en el espacio intergaláctico de sombras alucinadas. 
Fumo, el humo de mi cigarro gira sobre nuestras cabezas, lo ves salir por la ventana y me miras con el ceño fruncido, entrelazas tus manos y me dices que ese hábito de buscar la muerte ahogada lo debería dejar. No te escucho, absorta en mis pensamientos, en mis ruidos cerebrales que centellean pasiones. 
Vuelves de nuevo sobre tus pasos y me recalcas que me engañas con cuadernos y libros, que tu amante más perfecta es el resultado perfecto. Pero no me pondré celosa de los conocimientos que te invaden. Procuraré utilizar su mismo espacio, más no con la misma fortuna.
Receloso murmuras palabras inteligibles, no pido que las repitas, ya las conozco, mi futuro las conoce, pero son palabras inventadas por ese lenguaje pequeño de dos seres que se van conociendo. 
No hay ruido más bello que tus suspiros, robados del fondo de tu garganta y auspiciados por tus pequeños labios. 
Intento no mirarte, mas me vuelvo sobre mis hombros y aparto mi pelo para contemplar mejor la forma de tus hombros agachados. Tu caminar no tan resuelto, quizás tu movimiento abatido, tus pies arrastrando la arenilla, tus ojos vedados.
Tu olor invade mi cuerpo como el suave perfume del sándalo al atardecer. Y caigo en cuenta de que no eres el fruto de mi implacable imaginación, sino ser corpóreo de la esta tierra vida mía que luchamos por conservar.
Te fuiste hace varias horas, ya. Pero sé que mañana nos volveremos a encontrar. Cerraré mis ojos cuando termine estas palabras y sé también que inundarás mis sueños.

viernes, abril 13

Acepta.

¿Cómo fue que me dijiste? Ah, si, que cada día aumentaba más el cariño, pero disminuía el deseo. ¿Tu pretendes que te crea? 
Son tus ojos, esas dos pequeñas pupilas que muchas veces no quieren ver son las que me hablan más verdades que tus labios. Tu y yo conocemos la razones, mas no hemos escuchado nuestros corazones.
¿Cómo entenderlo?
Como un tranvía que navega en la arena profunda, quizás como un molde destruido por su ruido. Así lo veo, como una dulce nota de aguamar en tus manos.
Y vuelvo, con tus manos, que son suaves y me gustan, pero me dices que no, porque me confunden. ¿Es a mi o a ti a quién confunden? La claridad no es creer saber, sino escuchar saber.
Y tampoco quieres a mis labios, arguyendo quizás que excusas que sólo tu entiendes, mas no. No es que no te crea, es que sé que no es cierto, así como sé que el cielo es azul porque hay capa de ozono. ¿Puede no ser menos romántico?
Y dejo volar mi imaginación, escucho mis latidos, sincero mis pensamientos, la tortuga que habita en mi escapa de su caparazón para refugiarse en la salvedad de las palabras incautas. 
Así somos, como un haz de luz invocando el sereno de la mañana, invocando truculentas historias para decirnos que no, cuando queremos decir si.
Vuelves a repetirme, que a nadie buscas, pero con aún mayor razón sé que no es cierto, puesto que tus ojos nuevamente, ventanas de tu alma, me dicen otra cosa. Ahora bien, aquí mi instinto falla y se revuelve con mi imaginación, no estoy segura de que buscas, creo que tu tampoco lo sabes, pues tienes el don de no escucharte, sino de creerte. ¿Es un don? Quizás no más, he vuelto a desordenar tu estructurada vida. ¿He vuelto? Te preguntas. Si, rotundamente, esto ya lo hemos vivido, en un pasado remoto, cuando la lluvia caía con lentitud y las tardes eran de siestas. Cuando el sol no dejaba su puesto del mediodía y apuraba las cosechas. Cuando las luciérnagas aún vadeaban en el río. Aquí dejo lo que ya no dije, sino lo que hice, lo que puedo hacer en el silencio infinito de la lluvia repiqueteando contra el charco vacío. 
Hace tiempo dejaste de ser uno, para ser dos. Ahora acéptalo. 

martes, marzo 13

Llámame.

Si me vas a llamar, que sea cuando el expreso viene llegando a mi ciudad. Que sea cuando tus botas toquen el charco de agua a la bajada del tren, cuando la lluvia aún no haya cesado de repiquetear contra mi ventana, cuando el velero azulado de nuestras penas no haya desaparecido.
Llámame, pero sin decir donde vienes, sin crear esperanzas ufanas, sin remolcar al presente recuerdo inescrupulosos. 
Llámame cuando el tren humee entre los árboles del Malleco, cuando la torrencial lluvia de invierno inunde los ríos del sur, cuando los campos sembrados de esperanza sean regados con la crecida.
Pero si llamas, que no sea para reprocharme lo que no hice, que no sea para sacar a la luz aquellos diáfanos días de primavera. Respetemos a los muertos, que por muy pérfidos, ya no están. 
Llámame, cuando el mar tormentoso golpee las rocas, cuando las bahías sean anegadas y mi lamento sea el eco de una noche antigua. Sólo entonces seremos capaces de escuchar el repiqueteo de una línea entrecortada por la tormenta y crear un día de verano con nuestras voces, allí, será el momento en que el tren siga su marcha.

sábado, marzo 3

Momentos.

El llanto barre del alma a la lucha del silencio, tus murmullos apagándose y el mundo empequeñeciéndose en mi mano. El llanto, bramido furioso de un lamento olvidado, crisantemo de invierno, lluvia de verano. No existen sepulturas para corazones rotos, sólo sueños utópicos para reavivar la llama. Ya no te busco, ni te espero, sólo en silencio veo tus pasos y anhelo que vueles perfecto.  
En ti, la dicha de ser diosa de verdad y belleza fue un lastimero sueño de inacabadas hormonas. Regurgitando como la ola tempestuosa de la medianoche. Lanzábamos lejos aquel retazo de pintura vertiginosa del futuro, todo lo alguna vez creado, destruido y yace derrumbado, enmoheciéndose, corroyéndose, desapareciendo. 
Ahora déjame alcanzar mi propio vuelo, con un ala lastimada, pero aún sobrellevando en mi pico el pez de la libertad, llevo en mis plumas el sueño de ser fiel y cada lastimero, pero valiente, aleteo, es un rugido de fuerza para amar y ser amada. Soy y seré un albatroz que vuela sobre el infinito mar. 
No existen rencores, ya no habrán llamadas, ni llantos desesperados, no habrán juegos de palabras, ni caricias furtivas, no existirán confusiones, puesto que nos estamos olvidando, dejando atrás, ya no existen huellas que caminen a mi lado, mi sendero se ha estrechado, si quieres volver a recorrerlo, habrá de pasar años. Si quieres conversar, aquí estaré, pero no esperes a la tierna muchacha que conociste a sus dieciocho, ya no es una niña, es una mujer, sus senos han crecido y sus caderas ensanchado. Sus pupilas visten tristeza y a su corazón le falta un trozo. 
Espera, que aún no termino, las palabras nacen como un bálsamo de sinceridad, quizás te mienta, pero quiero verte feliz y esperar serlo yo también. Ya vez, aquí acabo, por el momento.