domingo, octubre 21

Sueño.

Tengo los ojos cerrados. 

Sé que estoy sentada y tengo los pies descalzos y las manos desnudas. Mis manos se posan sobre el suelo y siento el contacto con la tierra húmeda, ramas y hojas que han sido bañados por el rocío.
Escucho atentamente el susurro del viento entre los árboles, el caer de un río a lo lejos y el solapado aleteo de un pájaro emprendiendo vuelo. Escucho mi respiración en calma y el sonido de animales que posan sus patas cercanas a mi.
Huelo la tierra húmeda, las hojas en descomposición. El viento me trae bocanadas de olor a flores, mezcladas con el rocío. Huelo mi perfume.
Abro los ojos y debo esperar unos minutos para acostumbrarme a la claridad. No sé cuando fue la última vez que abrí los ojos. Veo colores primero, formas después. Veo árboles a mi alrededor, una largatija cerca de mis manos. Veo mi desnudez en medio de ese páramo.
Siento un latido, que no es el de mi corazón. Bajo a la mirada y poso mis manos sobre mi abdomen. El parto se precipita y doy a luz en medio de ese claro de un bosque, ayudada por el canto de los pájaros y el susurro del viento que revolotea en mi cabello. Un grito desgarrador nace de mi garganta y con los dientes corto el lazo que nos une -a aquella criatura y a mi-. La sostengo contra mi pecho y ....

Abro los ojos lentamente, me cuesta moverme. Miro hacia los lados y soy la misma de siempre. Pero el recuerdo vivo de lo que ha sucedido me tiene inmovilizada. No sé si el sueño es este o es aquel.