domingo, octubre 27

Descripción gráfica del día.

El cielo de estar prístino ha pasado a ser lúgubre. Como si la mano del todopoderoso hubiese descuidado este rincón tan apartado del mundo y el vendaval de raso gris se apoderase de nuestras vidas. 
No obstante, a lo lejos se aprecian aún los cerros cubiertos de mullida esmeralda que es mecida por el caleidoscópico viento.
Entonces hieren y emergen del lodo las manos urbanas de concreto ensuciando el revoloteo de las mariposas en primavera y desaveniendo el cause del río que vuela cual saeta hacia la desembocadura. Entonces -y nuevamente-, esas manos de concreto emergen de lo profundo del cause elevando ruidosos cruces que yerguen en sus cúspides el vuelvo del cóndor. 
Las brochas de mil inviernos más sus mil primaveras, han pintado de colores refulgentes este valle nacarado y han adormecido sobre si, el cuerpo lechoso de una virgen desnuda. Hasta la llegada de la criatura embadurnada de barro y ha desenvainado la espada de la modernidad, haciendo de un solo movimiento del sable la ruptura de las cuerdas que atan este valle prístino para desembocar en sus charcos la vergüenza e ignomia de la humanidad. Cual vertedero, cual cementerio de concreto, cual pleistoceno divide las aguas y embadurna de excremento sus mares. 
Entonces, la muchacha llora de impotencia y sus lágrimas coronan este día que de ser cielo azulado, ha pasado a estar nublado.

lunes, octubre 7

Viaje

Hemos salido de viaje,
un viaje para visitar madres, hijos y tumbas.
Hemos recorrido caminos,
caminos sinuosos, fáciles y estériles.
Hemos dejado familia,
familia lejana, cercana y muerta.
Hemos volado,
volado de día, de noche y en sueños.

viernes, agosto 2

Apología de la verdad.

Mi pequeña estrella, te siento como si fueras mía. Mía y vulnerable, mía y pequeña, buscando cobijarte en mis brazos. Mía y llorando.
Pequeña, caes como las gotas de lluvia en invierno, una tras otra, sin pausa, con rabia, con furia de temporal. Mojas y resbalas por mi cara, llevándote el maquillaje, dejando tras de ti una estela negra como noche sin luna. Cierro los ojos, intentando borrar de mi tu visita fugaz, pero al abrirlos sólo logro contemplar la infinita tristeza del mar calmo.
Eres sólo una cuajada de rocío, me digo, intentando calmar los latidos de mi corazón que lo vuelven melancolía. Entonces, pequeña, te veo caer desde mi barbilla con tu estela negra y tu final es el suelo junto al resto de las gotas de lluvia. Te llevas contigo más que el maquillaje, sino uno que otro suspiro.
Pequeña y mía, te llevas un pedazo de mí.

domingo, junio 30

Pajarito

Entre la gente, aparece tu rostro sinuoso y vibrante.
Tus ojos brillantes bajo el eterno sol.
Como cual pajarito vuelas entremedio para reunirte en mi regazo.
Pequeño pajarito, buscas descanso después de tanto vuelo,
después de escapar de las tormentas del sur,
vienes a este norte inclemente a buscar consuelo.

Pajarito, susurro tu nombre y suspiro,
envuelvo la niebla de mi pasado entre tus pestañas.
Pequeño, aun no partas el vuelo, que no podré verte ir,
no podré dejar de suspirar tus recuerdos cuando caiga
el manto negro.

Cuando se acerque la primavera, pajarito, sé que me abandonarás,
pero no todavía, pequeño, quédate aquí cerca mío,
dame tu valor para afrontar el futuro desconocido,
comparte tu vuelo eterno sobre los campos floridos.

¡Pajarito! ¡Es tan corto el amor y tan largo el olvido!

miércoles, junio 26

Haiku

Jugamos a querernos.
Amaneció.
¿Cómo te olvido?

La madrugada envolvente,
sonríe,
el triunfo de los sueños.

Frío y abrazos risueños.
Niebla,
invierno en mi corazón.

La escritora triste,
le han robado tiempo
y devuelto amor.


El profesor madruga,
el frío le cala los huesos.
El invierno le despeina.

Es una pequeña selección de haiku de dudosa inspiración. Escritos más bien a la rápida, pero nacen del corazón y probando una métrica diferente.

domingo, junio 9

La Fotógrafa

¿Se puede matar algo que no es? ¿Puede morir el alma? Siento que la mía ha sido dividida, por sus cientos de fotografías.
Cada uno de sus flash nublan mi juicio y hacen que avance usando sus huellas, aun sabiendo que me conduce a un acantilado.
A pocos metros de estar a punto de caer, me detiene con una voz suave y temblorosa. Creo tenerla ante mi, creo ser yo quien la ha salvado, pero es sólo una ilusión de sus fotografías, ella me ha detenido porque me necesita.
Necesita que le diga constantemente que es bella, que no hay mujer como ella. Preciosa y hechicera, ella, la fotógrafa.

Intento no naufragar en sus melodiosas composiciones, busco rescate a las constantes caídas libres a las que me hace sucumbir, sé que me daña, sé que poco a poco ella me mata y lo acepto. Lo acepto porque tengo miedo a esos ojos que anuncian tormentas, a esas manos que pueden llegar como glaciares fríos a las mías. Quiero renunciar a algo que no existe, porque ella me ha prohibido que exista, porque ella es capaz de callar hasta mis pensamientos.

Siento que me hundo, el grillete que me ata a ella es cada vez más difícil de arrastrar y ella me pasea como si fuera su mono de circo vendiendo papeles de suerte a los transeúntes. Quiero escapar, deseo escapar, pero una capa de su barniz de uñas me tiene aquí atrapado.

¿Qué quiere de mi? ¿Permitiré seguir siendo su eterna presa? Poco a poco me consumo, pues se alimenta de mis sentimientos como una sanguijuela. Bella, hermosa como nadie, pero sanguijuela como ninguna.

Intento dar pasos al costado, alejarme, pero ella es un lucero potente en este cielo oscuro y no creo que pueda avanzar sin su caprichosa luz. Busco con desesperación una salida, pero el túnel se hace estrecho a cada paso y me sofocan mis pensamientos. 

lunes, junio 3

Llovizna

La colina está empapada de lluvia. Acolchada con las hojas que han arrancado el vendaval hace unos días. El olor de tierra húmeda se filtra por mis poros y a medida que me acerco al lugar del encuentro, mi corazón palpita y siento en la planta de mis pies el palpitar de la tierra al saberme desnuda.
Las hojas recogen mi cabello con su musgo resbaloso y al mismo tiempo tus besos inundados de deseo. Hacemos el amor entregados a la lluvia que cubre los campos como una cortina suave. La llovizna suave se confunde con el sudor de nuestros cuerpos y los árboles tiemblan al reconocer la mansedumbre del amor.
Extasiados nos acurrucamos uno al lado del otro, en completa armonía con el bosque que deja escapar sus suspiros y nos quedamos dormidos.
Nuestros sueños galopan como rayos fulgurantes en los inicios de ese lugar, cuando no existía bosque y el pasto nacía como un tierno bebé. El sol es más que el astro rey y se confunde con la candescensia de mi cabello.
Volvemos al paraje que nos ha acunado en el éxtasis del amor y arrullados por los grillos nos alejamos tomados de la mano hasta el Malleco tempestuoso para inundarnos de su sabiduría y fundirnos, nuevamente, con su magnificencia. 

sábado, mayo 18

Te Recuerdo


“¿Qué te detiene?” Me preguntas como si ignoraras que soy un colibrí que viaja de flor en flor buscando el elixir dorado de sus pétalos. Como si no supieras que hace mucho deje de detenerme en un lugar buscando excusas.
Sabes que arranco, como si el diablo me persiguiera. Arranco desesperadamente de mis pensamientos, como cual sombra me persiguen.  Arranco, sobretodo, de estas preguntas confusas que no me dejan dormir.
Entonces, pequeña libélula, me pides que te cuente, como si yo fuera la vieja sabia de pelo canoso. 


No puedo reprimir el sollozo. No puedo reprimir suspiros. Ni palabrotas de marinero.  No soy quien para juzgar, pero aún así lo hago: la cagaste.
La cagaste y nos dejas a todos en este estado lívido de incertidumbre y asperezas de no saber quiénes somos y para dónde vamos. Esperando que quizás la llamada recibida en la madrugada sea una jugarreta de tus amigos.
Así, entonces, me detengo como cual colibrí bebiendo el elixir de las flores a contemplar tu cuerpo inerte y desprovisto de todo hálito de vida. No reprimo las lágrimas. Pero más por la rabia de que hayas conseguido lo que yo no he podido en mil intentos, quizás por la cobardía de no ser tú.
Te admiro. Esa admiración de quien se ha propuesto ser el mejor en algo, pero no hace nada para conseguirlo, como cuando admiramos al que logra correr en menos tiempo una cierta distancia, pero lo hacemos a través de la televisión comiendo papas fritas. Así te miro desde mi cristal ya medio empañado por sollozos que según tus amigos son lágrimas falsas y de cocodrilos.
No éramos nada, no somos nada, ya no lo seremos nunca, pero intento explicarte a través de estas palabras que podría haber sucedido mucho y cortaste de raíz el nacimiento a una vida exuberante y cargada de analogías y pensamientos poéticos. Te dejaste llevar por el arrebato del momento y te entiendo, te comprendo, mas no te apruebo.
Entonces, así en la simpleza de mi juventud comprimida, te digo que el hombre no vuelve al polvo, ni a las estrellas, sino que vuelve en recuerdos y sueños, vuelve en caricias furtivas a los seres amados y en ronroneos de agostos pasados. Volvemos en sangre, en silencio, en miedo y tristezas. Pero, por sobretodo, volvemos cuando nos recuerdan.

martes, mayo 7

El hombre del Turrón

Fuera del liceo siempre había un caballero alto, de bata blanca vendiendo turrones. Era tradición los viernes, después de clases, comprarle un turrón y caminar al paradero saboreando ese magnífico turrón. Había viernes en que el turrón era más duro y sentías que te podía partir un diente, pero otros, parecía una crema deliciosa que se deshacía en el paladar.
No era la única que le compraba turrones. Todos le compraban, hasta que un día no fue más.
Al cabo de una semana en que nadie vio al hombre del turrón, decidí que no podía seguir esto de la misma forma y le fui a buscar. No tenía idea siquiera de su nombre, pero me acerque donde la dueña del quiosco de la esquina -esa que nos vendía belmont sueltos a $70-, a preguntar por él.

"¡Ah! Usted quiere saber de don Pancho, él vive en la Santa Rosa, allá abajo, cuando pase la cancha, dos cuadras, antes de llegar al peladero ¿Se ubica? ¿Quiere que la acompañe?"
Tras agradecer la información y desechar que me acompañara, partí a buscarle. Supuse que llegando con las indicaciones, después preguntar por él se me haría más fácil.
Crucé la línea del tren, recordando cuando acompañaba a mi abuelo a amarrar esos pequeños arboles, que ahora son gigantes y cubren la vista.
Caminé varias cuadras, no conocía mucho ese lugar, pero el querer saber de don Pancho -el caballero del turrón-, hacía que siguiera mi paso.
Llegué hasta donde me habían dado las coordenadas y no supe donde seguir. A lo lejos, divisé un negocio, esos típicos de barrio, donde venden los tabletones y los collac de caluga. Atendía una señora encorvada, con los ojos ya velados por las cataratas y un poco sorda. Tuve que gritarle para que me entendiera y me dijo que don Pancho estaba enfermo, que vivía en la casa blanca -inmaculadamente blanca, he de agregar-, de la esquina.
Llegué y la puerta estaba entornada. La empuje y me llegó un hálito de madera vieja. Estaba oscuro, a pesar de que afuera había un sol radiante. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, divisé al final del corredor a dos niños pequeños jugando.
Caminé hacia ese lugar y me encontré con don Pancho, acostado. Los niños a los pies de la cama jugando sobre el piso de tierra.
"Hola Don Pancho", le saludé. Pero me miró con los ojos perdidos en la nebuloza del tiempo y, en ese momento, supe que lo que buscaba era la salida de los recuerdos del hombre del turrón.

miércoles, mayo 1

Conmigo

Caminas conmigo a ritmo de seis octavas. Pestañeas en una danza sutil.
Diferencias arrastras, conmigo, no basta.
Soñaremos juntos, al cerrar los ojos, yo contigo, tu conmigo.
Renacer de las cenizas, cual amanecer, botados en la playa.
Morir y ser enterrado, conmigo, arrastrado.

sábado, abril 27

¿Qué es el Amor?

Me preguntas pequeño, que es el "Amor" y te respondo que es un verbo, con mayúscula como nombre propio y con comillas por ser demasiado alejado de las cosas que conocemos.

Amor es mucho más que esas cuatro letras plasmadas en una hoja en blanco. Va más allá de tomar tu mano y acariciar la suavidad de tus dedos.

Amor es cubrirme con tu capa cuando hace frío, es acurrucarme con tu jubón y sentir el suave murmullo de tu voz diciendo que soy bella.

Amor es soñar sin dormir, en el mecano encuentro de nuestros pensamientos estando en la misma cama. Construir un castillo sin escrúpulos.

Amor es tu pupila azul incrustada en mis pensamientos, tu nariz entreteniéndose en mi pelo, tus dedos enredándose con los míos.

¿Qué es el Amor? -sigues preguntando-, es querer que seas feliz aún si no estás conmigo.

domingo, abril 21

Mil Kilómetros (A Nahuel)

Sabíamos que me iría.
Que te dejaría.

Soberbia de quinceañeros felices.
Agosto con su primavera en ciernes y,
febrero con su otoño precoz.

Sabíamos que me llevaría tu ánimo.
Tus suaves versos, 
aunque ya míos, también me llevé.

-Jugábamos a leer a grandes públicos-.

Te extraño -y sé que tu a mí-,
pero la misma soberbia nos tiene aprisionados.
Soñando que volverás,
arrepentido al alero del manzano.
Sueñas que yo volveré -yo me fui-,
a tus suaves brazos y víbora lengua.

Aquí me quedaré.
No espero, solamente maldigo.

jueves, abril 11

Minué

Bailas llevada por las notas a través del parqué. Te llevan como desnuda los pétalos de las rosas a través de los compases alegres de la melodía.
Tu vestido produce un frufrú constante al rozarse con tus piernas, brazos, cabello...
Giras y giras en una danza hermosa y sutil, a veces más marcada, a veces más lenta. Sonríes y sigues bailando con los ojos eternamente cerrados.
Dulce, dulce melodía te lleva y sale el sol, sus rayos te iluminan y hacen que tu danza sea más hermosa y sosegada. 
Voloteas y revoloteas con la licencia de Neruda, tus gentiles pasos descansan a la hierba sazonada de rocío fresca. 
La gente ya se ha ido y tu te has quedado dando pasitos de bailarina y minué de doncellas. Giras y giras en un eterno revoloteo de los pájaros en las primavera. 
Los sirvientes llegan al salón y limpian el desastre de la noche de juerga y tu sigues allí danzando; las flores se abren, los ratones se esconden y tu permaneces impasible dando pequeños tumbos de bailarina y te vas haciendo más y más pequeña con el paso de la tarde y el minué avanza impasible sobre el piano cerrado y los violines sin cuerdas.
Bailas y bailas, pequeña muñeca a cuerda, sin paz y sin sosiego. No te dejan descansar, ni aún a la luz del día, dirigida por los invisibles hilos de sus dioses. 
Las notas del piano son estridentes y deshacen tus oídos, pequeña bailarina, pero no puedes parar. La fuerza de los rayos del sol no te dejan. 
Intentas hablar, gritas, pero tus labios no se mueven y el único sonido que se escucha, es el piano desafinado, los violines rotos y el llanto de los niños que han muerto sin bautizo.
Se repiten las notas como tu repites tus pasos de bailarina. Tus dedos crujen, tus piernas mueren, pero sigues la danza macabra del minué sin fin. 
Pero sabes que no te puedes detener, que no hay fin, que la milonga debe continuar sin cesar, porque no eres más que la muñeca insertada en un clavijero. Eres la muñeca danzarina de las cajitas de música que se le regalan a las niñas y por error, te han dejado abierta.

domingo, marzo 24

Muerte

Vuelas ya libre. Te paseas confundida entre nosotros y ves nuestras caras con marcados surcos de lágrimas y tristezas. Te acercas preocupada y despacio a tu madre para brindarle consuelo, pero pareciera que ella no te ve, no te siente, no te escucha.
Quieres gritar, decirles a todos que estás ahí, pero nadie te ve y caes en cuenta que las lágrimas y sollozos son por ti.
No entiendes nada pequeña, buscas una respuesta ¿Qué ha pasado? Y te contemplas, cubierta de una sabanilla blanca como mortaja provisoria. Cierras los ojos esperando que todo sea un sueño, pero al abrirlos sigues allí.
Intentas recordar que ha pasado, pero los recuerdos recientes son difusos, quizás inciertos. Te regresas cerca de tu familia, con incertidumbre. ¿Qué sacas con estar allí si no puedes brindar consuelo? Apenas la pregunta ha caído en ti, le contemplas. Está allí sentado mirándote fijamente "¿Estará muerto como yo?" -es la primera pregunta que te haces- y ves como lenta y casi imperceptiblemente niega con la cabeza.
Te acercas lentamente, quizás con miedo, aunque es difícil saberlo y le miras a los ojos con todas las interrogantes. Te aprestas a hablar, pero hace un gesto de silencio, se levanta suavemente y avisa a su hermana que saldrá a fumar. Le sigues.
Ya solos y cerciorándose que nadie les ha seguido, te hace una seña para que te acerques. Antes de que llegues completamente a su lado te empieza a hablar.
Que entiendas que quizás sea la única vez que se vuelvan a ver, que siempre ha podido hablar con "ustedes" -no quiere decir "con ustedes los muertos"-. Que ya no siente miedo, pero es una situación incómoda, que le intentes entender. No tiene todas las respuestas, te dice. ¿Respuestas? Te preguntas si es eso lo que realmente quieres. Niegas lentamente como ha hecho antes él. No quieres detalles de que pasó, ni como. Te basta con saber que ha sucedido y te desconsuela ver a tu familia en ese estado. Le imploras que de alguna forma les haga saber que estás bien y que mientras puedas les acompañarás.
"Querida mía -te susurra-, no puedo decir que he hablado contigo, pues me tildarían de loco, pero puedo asegurarte que ellos sienten tu presencia, vuelve allí y ve el cambio que se produce".
En efecto, regresan a la sala donde están todos y apenas entran, tu madre gira la cabeza como reconociéndote sin verte. Te acercas a ella y posas suavemente tu mano sobre su hombro, en un gesto un poco inseguro, tu madre sin ver, sin saber, posa su mano sobre la tuya y tu logras sentir su calor.
Las lágrimas inundan sus ojos, quisieras secarlas, pero sabes que no puedes. 
Te cuestionas ¿Qué va a ser de ti ahora? Es tu decisión, tu camino. Pero sea cual fuere, sabes que no irás sola. Pues de a poco han ido apareciendo aquellos que se fueron antaño y alguna vez sufriste.  Te acogen en su seno y te acompañan. 
Él te mira  y te guiña un ojo de manera casi imperceptible, levanta una mano como despidiéndose y sabe que ya no te verá. Adiós le intentas decir, pero ya es demasiado tarde, pues sabes que para él te has desvanecido.

miércoles, marzo 6

Lágrimas

Lluvia lacerada, 
tristeza de rumbo fijo.
Acueducto de metástasis veraniegas.
Infinito surco de vida,
deshecho de vidrios biselados. 

Caen como mezquinas avellanas.
Se sueltan del vidrio una a una,
rompen la cañada.
Invaden los surcos con sus patitas,
dejan sus estelas y caen.

¡Oh abismo!
Susurrantes y lejanas gotas, 
ya las vi morir y caer al vacío.
Me dejan, mas no las olvido,
Pequeño vidrio molido de tristezas diáfanas.

sábado, febrero 16

Gatito Soleil.


Tuve la suerte de encontrarlo botadito en la calle, lo recogí, estaba malherido, casi lo atropellan y una que tiene buen corazón, lo recoge, lo lleva al veterinario le dí comida, abrigo y espero a que sane. Quizás con el tiempo, se vuelva un compañero inseparable. Así pasa con los gatitos que uno recoge de la calle.
¿Qué sería un compañero inseparable?
Esos que te esperan cuando vuelves de la u, te maúllan para que les des leche tibia, a veces te arañan los muebles, pero siempre termina acurrucado al lado tuyo ronroneando, obviamente, uno siempre tiene que cumplir, teniendo el arenero limpio, haciéndole cariño en las orejas y dándole leche tibia.
Bueno, pero el gatito que me encontré, recién viene saliendo del veterinario tenía sarna y una patita quebrada, así que está convaleciente, con mucho cariño y cuidados, espero que mejore.
Aunque a veces, existe el riesgo de que cuando mejore, venga una gatita y se vaya detrás de ella persiguiéndole ignorando todo el trabajo que uno hizo
- hay que ir con calma, entonces-
Si, ganarse la confianza de a poco.
¡Ah! se me olvidaba, ya le puse nombre.
-¿Cómo se llama?-
Se llama Soleil
-¡Soleil! Soleil significa "sol" en francés-
Si, ¡porque es brillante como un sol!
-Hablas muy bien de él-
Si, es que me tiene encandilada, siempre le digo eso, pero el gatito todavía tiene heridas que sanar, la distancia le hará bien.


Gatito Soleil todavía convalece, pobrecito, pero sé con los cuidados que puedo darle, algo contribuiré a su mejora. No es que me crea un dios, que haga magia, solamente creo en la fuerza del cariño, constancia y preocupación.
Aún no se sabe que va a pasar, pero estaremos espectantes a su evolución. Gatito Soleil, espero me dejes algún día hacerte cariño detrás de las orejas!

jueves, febrero 14

Querida.

Era una niña, pequeña, frágil, pelo lacio y labios finos. Yo, creía ser más grande, fuerte, seguro e intocable -o quizás no tanto-, pero en cuanto la vi, supe que sería importante.
Quiero mirarla con el espejo del tiempo, pero no lo tengo. No ha pasado un mes aún. He dejado de llorar escondido en la almohada antes de dormir. Pero no dejo de pensarla. Muchas cosas me la recuerdan, debe ser porque fueron los ¿5? ¿6? meses más intensos de mi vida. 
Su nombre no es común, pero pareciera que el viento me lo trae todos los días. Ya no es un hálito balsámico, parece una pequeña cruz. Me cuestiono ¿Me podré deshacer de ello?

Pasan los días, el rencor se aleja e intento volver la cabeza sobre mi hombro, mas no encuentro recuerdos, solo sensaciones. Temor, frialdad, necesidad, pasión, desazón, amor, tranquilidad, tormento, miedo.

Algunas cosas van quedando claras con el correr de los días, a veces los relojes no avanzan tan rápido como uno quisiera y poder crear algo nuevo, construir algo indestructible.
¿Quiero dejarla atrás? Si. Al parecer la respuesta es una, pero a veces siento que es una tarea titánica. ¿Cómo hago para que nada me la recuerde?

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Lleno el vaso, enésima vez.
Suena un ruido de copas quebrándose,
la compañera, nunca existió.

La compañera,
sutil y dorada,
callejera, adormilada.
La callejera nunca durmió.

La callejera, pequeña hortensia,
risueña y coqueta,
la soñadora, soy yo.

Seres Mitológicos.

Entre los cerros del Valle del Elqui, se encuentra escondido un animal místico e intrigante. La verdad es que nadie le ha visto, ni tampoco se habla de ello, pero solo basta penetrar un poquito en este Valle para darse cuenta de su presencia.
Es un animal envolvente, intrigante, silencioso y sin escrúpulos. Camina salvajemente entre tus orejas y repiquetea a lo lejos en las noches nubosas.

Estando ya enclavado entre los cerros, mirando las fulgurantes estrellas y escuchando a lo lejos su paso por la cordillera, el pelo se me eriza y cautelosa como una gata me alejo y escondo entre las rocas. Allí, agazapada, silenciosa y en total oscuridad, veo el brillo jadeante de sus ojos, su respiración suspicaz y su andar cauteloso. 
Silenciosamente me acerco un poco más para observarle y diviso en esos ojos el miedo. Esa figura imponente que en un principio se alzaba ante mi, es ahora un cachorro indefenso, ojos con miedo, miedo y terror, silencio y miedo. Miedo y tiembla. 
Dejo mi posición, ya para acercarme a él y tocarle, veo como se encorva entre las rocas y evita mi mano, lanzando un aullido lastimero, pero no me dejo intimidar por este ser y le tomo entre mis brazos. 
¡Pobre criatura! ¡Un ser indefenso, esclavo de sus miedos!

Me siento en el suelo y tiendo a la criatura en mi regazo, le arrullo suavemente diciendo que todo va a estar bien. Estamos así por horas, hasta que se empiezan a divisar los primeros rallos del sol. La criatura me mira a los ojos y ya no hay miedo, es la noche la que le quita la fuerza, pues esos primeros rayos le han vuelto más grande. Su pelaje se va iluminando poco a poco con el color rojizo de la mañana y sus ojos se vuelven fieros y temibles.
Me alejo un poco para observar su reacción, hace mucho que ya no le tengo en mi regazo. Examino con curiosidad su transformación, de cachorro a bestia, de gato a pantera, de ruido a total silencio. 
Va saliendo el sol, ya rápidamente y caigo en cuenta de que mi animal se ha transformado por completo en un ser de luz y que el reflejo de su pelaje me envuelve y me atrae hacia sí rápidamente.

He dejado de ser observadora externa, para ser yo misma la fiera que escapa. Ya no somos animal, ni cachorro, ni bestia. Soy luz y ya no tengo miedo. La Cordillera es mi refugio y las tormentas mi furia. 
Luz, nada más que luz, energía y destellos. Silencio.

jueves, enero 17

Ahora me toca a mi.

Recorro tu piel lechosa y suave con mis dedos, empiezo por tus pequeños pies de ninfa, tus dedos como estalactitas maleables y dulces como la miel. Tus pantorrillas incitan a explorar un poco más, llegando a la carne de tus muslos dichosos, donde se encuentran algunos vellos que no han sido arrancados. Una que otra marca de nacimiento invade tus piernas, camino al paraíso de tu sexo. No puedo evitarlo y mis labios quieren comerte a besos esas piernas que incitan al juego. Te mueves y te ríes porque te hace cosquillas mi lengua.
Saboreo cada instante, cada milímetro de tu piel y tu dulce aroma me invade los sentidos queriendo hacerte mía. Pero aún no.
Subo por tu vientre y acaricio tu ombligo perfecto, jugando con mi lengua en tus caderas anchas y suaves como el terciopelo. 
Tus pechos delicados y tus pezones me avivan a probarlos y paso suave mi lengua por ellos, haciéndote estremecer. Tus manos juegan con mi pelo y entre gemidos se escucha tu risa.
Tus pechos llenos de pecas, empiezo el juego de contarlas una a una con mi lengua. Dicen que por cada una de ellas te has robado el alma. La verdad es a que a mi, me has robado el alma, el corazón y los suspiros. Después de ti no soy nadie.
He acariciado tus pechos hasta cansarme y subo por tu cuello hermoso hasta tus labios sonrosados, tus labios hacen juego con tus pezones, te comento. Y eso hace que estalles en una carcajada que me vuelve loco.
Te beso intensamente, queriendo robar de cada uno algún pedazo de ti, pero eres una ninfa intocable, dueña de todo tu ser. Bendito al que te entregues, que será dueño de la dicha, el placer y tu inteligencia franca y pura.
Beso tus ojos, que cierras delicadamente, como el aleteo de una mariposa sobre una bella flor y la sonrisa sigue instalada en tu cara. Miro tus pupilas, intentando encontrar alguna veta que diga que me amas, pero solo encuentro juego y diversión. Acaricio tu cabello rojo como el fuego e intenso como tu mirada. Quiero seguir, pero tus manos me lo impiden y me susurras "ahora me toca a mi".

lunes, enero 7

Chol Chol

Sientes la tierra húmeda, las hojas crujen bajo tus pies. Caen ligeras gotas de rocío sobre tu cara. Escuchas el murmullo del río Chol Chol a lo lejos y apresuras tus pasos.
El tren se aproxima aplastando suavemente y uno a uno los durmientes de la vía. El puente ya no cruje y el injeniero ya no da las últimas órdenes. 
Apresuras más el paso para alcanzar a ver, aunque sea, el resquicio humeante de la locomotora y el eterno resonar de su traqueteo.
Llegas al borde del precipicio y divisas como entre los árboles avanza el humo chispeante hacia el norte. Y saludas con la mano, aún sabiendo que nadie te verá, pues has cargado en aquella locomotora y en sus vagones las despedidas, los amores infundados, las tristezas, rencores, odios y sufrimientos.
¡Adiós! ¡Adiós! Pensabas mientras agitabas la mano y una sonrisa azul se colaba en tus labios.

El tren se detenía en Renaico.