Anoche soñé con ella. Soñé que ella me daba las pautas a seguir. Soñé que ella me conversaba. Soñé que ella estaba allí, como tantas veces que la vi y no le hablé. ¿Acaso hay culpa? No, no es culpa, nunca fuimos cercanas, no había forma, si eramos tan distintas.
Ella era alta, su pelo era color miel, liso y largo, sus pómulos altos y sus ojos grandes y expresivos. Yo soy baja, morena y ojos medios achinados. No teníamos nada en común.
Ella siempre estaba de novia, cual más adonis que el anterior, los paseaba por las calles como quien muestra el nuevo auto que se compró. Es que ella era así. La recuerdo con ese vestido rojo, unos tacones negros vertiginosos y sus pestañas con rimel negro formando una curva seductora. Su piel de terciopelo era mi obsesión.
Por eso la maté.
La maté el martes por la noche, su piel la quería hacer mía, sus caderas en mi vientre y acaricié su ombligo. Le pasé suavemente mis dedos por su pelo y olí su cuello. La besé y en su rigidez, creí que ese beso me lo devolvía. Le mordí los labios hasta sacarle sangre y me la bebí, creyendo que con eso sería tan bella como ella. Tan alta, tan deseada, tan amada.
Anoche soñé con ella y en el sueño, ella me daba las pautas a seguir. Soñé que ella me mataba.
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