El viento se arremolinó sobre la ciudad, las nubes grises apagaron el día y la lluvia incesante opacó las miradas de los hombres.
El silencio de un día lluvioso inundó a la ciudad. Polis de mentes frías e individualistas.
La bruma no dejaba a los niños mirar más allá de sus palmas y el juego quedó olvidado en las esquinas viejas de las casas abandonadas. Los gatos dejaron de maullar y los perros se escondieron en sus guaridas.
Los pájaros emprendieron vuelo a cielos más cálidos y los nidos antes repletos, ahora se encontraban vacíos.
El tiempo, detenido. La sombra, esfumada.
La neblina invadió la ciudadela, uno por uno sus rincones, uno a uno sus barrios, uno a uno hizo desaparecer las aceras, uno a uno ocultó los árboles, uno a uno ocultó a los hombres de sus pensamientos.
La neblina entraba por la nariz fría, directo a los pulmones. Cada aspiración llevaba un trago amargo de pensamientos vacíos, fríos, individuales a los seres que allí habitaban.
Seres autómatas, distaban mucho de ser hombres, ya.
Pronto, sobrevino la noche, todavía más fría que el día. Noche porque la oscuridad no daba paso a saber que había a tan solo un centímetro de sus narices. Porque palmo a palmo se debía andar. Oscuridad que se tragaba las luces.
Pero allí, en medio de esa inmensa melancolía, entre toda esa frialdad, junto a esos seres privados del sentir, entremedio de las sombras, de la niebla, de la lluvia, se hallaba una niña pequeña, de risos dorados como el trigo en verano. Ojos verdosos como las aguas del sur de Chile. Piel blanca y aterciopelada como muñeca de porcelana. Una sonrisa que brilla más que los rayos del sol del mediodía. Una voz tan graciosa como los ruiseñores en primavera. Su vestido veraniego, flotaba en su menudo cuerpo, como si no la tocase. Sus movimientos eran tan graciosos que todo aquel que la veía quedaba embobado.
Esta pequeña niña, vivía en la mansión más alejada de la ciudad, lugar al que la lluvia no llegaba, la niebla no accedía, el viento apenas golpeaba las bisagras. Solamente el sol tocaba suavemente sus ventanas y los animales correteaban felices en esa eterna primavera.
La niña no sabía lo que era la felicidad. No sabía lo que era la tristeza. No sabía de sufrimientos, privaciones. No sabía de dichas, ni alegrías. Puesto que la niña vivía aislada de todo y de todos. No conocía más que los muros de la finca en la que vivía. No sabía que existían las nubes, no sabía que a los pies del faldeado cerro, existían estos seres autómatas. Ignoraba cuanto sucedía al rededor suyo. Y ellos la ignoraban a ella.
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