domingo, octubre 21

Sueño.

Tengo los ojos cerrados. 

Sé que estoy sentada y tengo los pies descalzos y las manos desnudas. Mis manos se posan sobre el suelo y siento el contacto con la tierra húmeda, ramas y hojas que han sido bañados por el rocío.
Escucho atentamente el susurro del viento entre los árboles, el caer de un río a lo lejos y el solapado aleteo de un pájaro emprendiendo vuelo. Escucho mi respiración en calma y el sonido de animales que posan sus patas cercanas a mi.
Huelo la tierra húmeda, las hojas en descomposición. El viento me trae bocanadas de olor a flores, mezcladas con el rocío. Huelo mi perfume.
Abro los ojos y debo esperar unos minutos para acostumbrarme a la claridad. No sé cuando fue la última vez que abrí los ojos. Veo colores primero, formas después. Veo árboles a mi alrededor, una largatija cerca de mis manos. Veo mi desnudez en medio de ese páramo.
Siento un latido, que no es el de mi corazón. Bajo a la mirada y poso mis manos sobre mi abdomen. El parto se precipita y doy a luz en medio de ese claro de un bosque, ayudada por el canto de los pájaros y el susurro del viento que revolotea en mi cabello. Un grito desgarrador nace de mi garganta y con los dientes corto el lazo que nos une -a aquella criatura y a mi-. La sostengo contra mi pecho y ....

Abro los ojos lentamente, me cuesta moverme. Miro hacia los lados y soy la misma de siempre. Pero el recuerdo vivo de lo que ha sucedido me tiene inmovilizada. No sé si el sueño es este o es aquel. 

viernes, septiembre 28

Me gustas

Me gustas, pero no cuando callas, sino cuando hablas. Me gustas cuando tu voz suave se posa como una mariposa sobre mis manos y la distancia queda callada en burbujas de jabón. 
Recuerdo esas mañanas tristes y suaves de otoño en las laderas del cerro en Los Sauces. La lluvia había lavado la suavidad arcillosa de la tierra y nosotros allí sentados contemplábamos el amanecer. Las botellas vacías tintineaban con el viento y las colillas de cigarro se esparcían por la hierba. 
Recuerdo que me tomaste de la mano o yo te la tomé a ti, la verdad es que no estoy segura, la cantidad de alcohol que había en mi sangre no me permite tener claro ese momento. Pero si recuerdo con extrema claridad ese beso, quizás un poco sucio, quizás demasiado pasado en esa mañana. 
Recuerdo y escribo estas palabras con la angustia pegada en mi garganta y las lágrimas caen como suicidas. Esa noche, esa mañana, bebimos porque te ibas, porque yo me iba. Cada uno remontaba su vida para cumplir nuestros proyectos. Y ahora vuelvo la cabeza hacia el pasado y comparo nuestras historias, nunca nos debimos haber separado. Ninguno de nosotros cumplió con los sueños que habíamos forjado en las tardes de conversación en las bancas de la plaza. Ambos nos cambiamos mil y una vez de profesión, hasta acabar siendo eruditos de la nada. 
Sin embargo, recuerdo ese momento cual fuera ayer. Tu te ibas, yo me iba. 

martes, septiembre 25

A. Sebastián.

Sucede que A. Sebastián se fue al extranjero. Se fue en mayo de 2008 a Asutralia. Se fue a Australia y no supe nada más de él.
A. Sebastián era mi compañero de primaria. Lo conocí el año 1994, marzo. Ambos teníamos 5 años. Desde ese primer día que fuimos inseparables. Curiosa coincidencia, te sentaron a mi lado por ser desordenado y yo muy quieta. Congeniamos, conversábamos, fuimos creciendo juntos. 
Recuerdo que a los 6 años nos hicimos una promesa: cuando fuéramos grandes nos íbamos a casar. 
Es claro que unos años más tarde, te enamoraste de una niña bonita, que yo detestaba solamente de celos.
Recuerdo cuando cumpliste 15 años y te celebramos en esa disco de moda, cuando tomé el micrófono para dedicarte una canción y tu corrías a abrazarme.
Recuerdo, A. Sebastián, nuestra primera vez juntos, tomamos esa decisión de conocer el sexo por primera vez y sin querer nos enamoramos. 
No era de extrañar, ya que por mucho tiempo dormimos juntos, por mucho tiempo salía desnuda de la ducha y como si fueramos hermanos la confianza fluía.
A. Sebastián se fue al entranjero. Se fue en mayo de 2008 a Australia.
A. Sebastián era mi compañero de primaria. Y yo le quería. Él me quería y desde entonces que no supe nada más de él. Mañana tengo vuelo a Australia. Mañana es marzo de 1994 y conoceré a A. Sebastián.

miércoles, septiembre 19

Conjugación del verbo Amar.

Yo te amaba. Tu me amabas. Ellos amaban como nos amábamos. Ustedes amaban como nos amábamos. Pero ya no me amas, ni yo te amo, ni ellos aman como nos amábamos, ni ustedes aman como nos amábamos. 
Ahora amo el amor que nos teníamos, anhelo el amor de amarnos, de amarte sin amarnos, de amarnos sin amarse. 
Sueño con amores amados, con amantes amándose. Amados muriéndose de amor. Amor muriéndose en los amantes.
Amantes jugando a ser amados, sin amor, sin amados, sin amarse.
Amé amarte, amantes amados, amándose. Amarán, sin lugar a dudas, como nos amábamos, como nos amaremos en el fragor de nuestros sueños. Y sin embargo, nosotros, ya no nos amamos.

jueves, agosto 16

Tiempo.

Silencio, se escuchan unos pasos. (Un minuto). Silencio, se escuchan unas voces. (Cinco minutos). Muere.
Cadavérico. Nuevamente pide silencio. (Esta vez, diez minutos). Ahora las risas parecen espasmos y las luces se apagan. Se escucha un aullido lejano y manos buscando no chocar con las cosas. (Veinte minutos). Las luces se vuelven a encender y contempla la sala. Una mesa con un florero azul y un clavel rojo, un mantel de cuadritos, verde. Dos sillas, en una de ellas hay una muñeca, la otra está vacía, pero alejada de la mesa. Detrás, un cuadro poco claro. Un reloj que anuncia las tres. Tocan la puerta. Nadie abre. Dos golpes. (Veinticinco minutos). Cinco golpes. (Treinta minutos). Derriban la puerta. No hay nadie. Las luces se vuelven a apagar y se escucha una música de vals de fondo. (Una hora). Las luces continúan apagadas y se escucha el correr de una cortina. (Se detiene el tiempo).

jueves, julio 5

Lágrimas.

Viaja por mi garganta, a veces más rápido, otras sale como atascada. Los espasmos de mi respiración le dan bríos para continuar. Viaja, dependiendo de cuantas le sigan atrás. Si va sola, es más lenta, pero más dolorosa. Cuando viajan varias, por momentos se vuelve imposible detenerlas.
Se van alimentando por el camino de esos pensamientos extraños, que muchas veces calificamos sin nombres, porque son esos pensamientos revueltos, mezclados con sentimientos, arremolinados en torno a sucesos pasados, presentes, futuros, ectópicos.
Se agolpan una a una en el abismo y allí aguardan, quizás una milésima de segundo, quizás una vida entera. Aguardan el empuje final, se balancean sobre sus diminutas patitas, se inclinan hacia delante y regresan a su posición original. Cuando viajan solas, el salto se vuelve eterno, miran y miran hacia lo oscuro del abismo. Cuando van varias, se empujan las unas a las otras a medida que van llegando. Cuando al fin logran saltar, recorren un camino suave, para nada ripioso, como cual esquí sobre la nieve. Hasta que de pronto se encuentran con el fin, donde sus pequeñas partículas se confunden con la intensidad.

jueves, junio 14

La Niña II

La niña se llamaba Elizabeth, tenía ocho pequeños años cuando llegó a vivir en la casa de aquella colina. Antes de su llegada, ni ella, ni los criados sabían de donde venía. Ella misma se puso el nombre y dicto una fecha de cumpleaños. Una vez por mes aparecía un caballero alto, de cejas gruesas y ojos verdes, con su sombrero de copa bajo el brazo. Llegaba con las provisiones para el mes y con libros para que la niña estudiara. Le decía que era su tío Agustín, que no podía vivir allí porque trabajaba en la ciudad y le quedaba muy lejos. La niña siempre le insistía en que quería ir a la escuela, pero su tío insistía en que no era lo apropiado para ella.
El tiempo transcurría de manera lenta y soporífera en aquella casa. La niña tenía todo lo que cualquier persona podría desear, recibía los mimos de todos los empleados de aquella casa, todos los animales correteaban a su alrededor y los pájaros picoteaban mansamente de su mano. Pero la niña sentía que nada tenía valor para ella, pues no conocía el mundo, nunca había ido a un mercado, nunca había podido escoger sus vestidos, sus zapatos o simplemente caminar por las calles de la ciudad.
Un día, especialmente azulado y transparente, Elizabeth decidió que era momento de conocer lo que había más allá de los jardines de la gran casa. Sabía que cualquier intento deliberado que hiciera de querer salir, sería encontrada por los sirvientes y acusada a su tío, por lo que urdió un plan para escapar. Junto en un bolso una botella con agua, otro par de sandalias, unos sandwiches y galletas, algo de dinero que le sacó a los criados y su prendedor de plata. Se puso su vestido más cómodo, tomó su sombrilla y espero que anocheciera. 
A las ocho de la noche en punto, anunció que se sentía cansada de tanto jugar y que se iba a ir a la cama. Subió las escaleras, cerró la puerta de su pieza y esperó. Sabía que cuando ella se iba a acostar, los criados quedaban terminando las últimas cosas de la casa por media hora más y luego se retiraban a sus habitaciones. Una vez transcurrido el tiempo, abrió cuidadosamente la puerta de su pieza, se quitó los diminutos zapatos y bajó las escaleras procurando hacer el menor ruido posible. Saltó el crujiente rellano de la escalera y en pocos segundos estuvo cerrando la puerta de entrada de la pieza.
Acto seguido, se encaminó hasta los limites de la propiedad, esperando que no despertara ninguno de los animales, que armaban un buen alboroto cuando la veían aparecer, lo cual podría alertar a los demás habitantes de la gran casa.
Llegó a la verja y la empujó. Ésta chirrió por la falta de uso y dio paso a una larga escalera, que bajaba la colina. La niña tomo aire y emprendió el descenso, primero ligeramente y luego con cuidado, pues se dio cuenta de que era peligroso. A medida que iba bajando, se iba haciendo más fresco el ambiente y más húmedo. Pronto unas gotas de rocío comenzaron a caer sobre sus dorados rizos. 
Luego de varias horas andando, que a la pequeña se le hicieron eternas, vislumbró el final de la escalera. Apuró un poco el paso y al cabo de algunos minutos llegó a tal anhelado lugar. ¡Cual fue su sorpresa al contemplar que al fin de la escalera no había nada! Sus pequeñas manos se posaron sobre el gélido cristal y golpearon fuertemente, pero sólo se devolvió a ella el eco de los golpes. En ese instante, la niña se dio cuenta porque no crecía: vivía en una burbuja de cristal.