Pensé que nunca volvería a abrir estas páginas para deleitarme con la vergüenza de los años pasados. Pensé que podía cerrar los capítulos en que el murmullo del corazón y el chicharreo del cerebro me abrumaban por completo. Pero hoy, en que llevo más de dos semanas durmiendo sin descansar, he decidido -una vez más y en completa desnudez-, abrir la hoja en blanco y llenarla de estos pies de grillo que no sé qué rumbo tomarán.
Mientras tecleo y escucho el sonido agudo de la barra espaciadora, pienso que las palabras fluyen como agua de vida en este lienzo. Debería estar trabajando, debería estar estudiando, debería estar produciendo.
Si, han pasado cuanto ¿Once años? Once años en que la vida se ha construido, derrumbado, corroído, recuperado, alimentado, en fin, haciendo lo que he querido, lo que he podido, lo que he deseado, lo que me han obligado. He vivido, he amado y me han amado, amo y me aman. No existen quejas, existen reflexiones.
Hay un momento en que la pausa abrupta obliga a pensar en el ¿Quién soy? Pero la filosofía barata y el positivismo tóxico ha invadido las redes y ya la individualidad, el reconocimiento auténtico, la validación propia, la autoestima, son palabras que van careciendo de significado y se vuelven slogan de la vida moderna. ¿Cómo se puede vivir sin autenticidad? ¿Cómo se puede vivir sin poder crear lo propio?
Entonces, en medio de este torbellino de realidad, de rutina, la búsqueda se vuelve insaciable. A veces sin saber que buscar, a veces sin saber dónde buscar. La identidad como una gelatina resbaladiza, que no logras agarrar.
*disclaimer: esto es sólo un relato barato de filosofía barata, con poco asidero en la realidad, pero muchas ganas de volver a escribir. Veamos como nos va.
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