jueves, agosto 16

Tiempo.

Silencio, se escuchan unos pasos. (Un minuto). Silencio, se escuchan unas voces. (Cinco minutos). Muere.
Cadavérico. Nuevamente pide silencio. (Esta vez, diez minutos). Ahora las risas parecen espasmos y las luces se apagan. Se escucha un aullido lejano y manos buscando no chocar con las cosas. (Veinte minutos). Las luces se vuelven a encender y contempla la sala. Una mesa con un florero azul y un clavel rojo, un mantel de cuadritos, verde. Dos sillas, en una de ellas hay una muñeca, la otra está vacía, pero alejada de la mesa. Detrás, un cuadro poco claro. Un reloj que anuncia las tres. Tocan la puerta. Nadie abre. Dos golpes. (Veinticinco minutos). Cinco golpes. (Treinta minutos). Derriban la puerta. No hay nadie. Las luces se vuelven a apagar y se escucha una música de vals de fondo. (Una hora). Las luces continúan apagadas y se escucha el correr de una cortina. (Se detiene el tiempo).

jueves, julio 5

Lágrimas.

Viaja por mi garganta, a veces más rápido, otras sale como atascada. Los espasmos de mi respiración le dan bríos para continuar. Viaja, dependiendo de cuantas le sigan atrás. Si va sola, es más lenta, pero más dolorosa. Cuando viajan varias, por momentos se vuelve imposible detenerlas.
Se van alimentando por el camino de esos pensamientos extraños, que muchas veces calificamos sin nombres, porque son esos pensamientos revueltos, mezclados con sentimientos, arremolinados en torno a sucesos pasados, presentes, futuros, ectópicos.
Se agolpan una a una en el abismo y allí aguardan, quizás una milésima de segundo, quizás una vida entera. Aguardan el empuje final, se balancean sobre sus diminutas patitas, se inclinan hacia delante y regresan a su posición original. Cuando viajan solas, el salto se vuelve eterno, miran y miran hacia lo oscuro del abismo. Cuando van varias, se empujan las unas a las otras a medida que van llegando. Cuando al fin logran saltar, recorren un camino suave, para nada ripioso, como cual esquí sobre la nieve. Hasta que de pronto se encuentran con el fin, donde sus pequeñas partículas se confunden con la intensidad.

jueves, junio 14

La Niña II

La niña se llamaba Elizabeth, tenía ocho pequeños años cuando llegó a vivir en la casa de aquella colina. Antes de su llegada, ni ella, ni los criados sabían de donde venía. Ella misma se puso el nombre y dicto una fecha de cumpleaños. Una vez por mes aparecía un caballero alto, de cejas gruesas y ojos verdes, con su sombrero de copa bajo el brazo. Llegaba con las provisiones para el mes y con libros para que la niña estudiara. Le decía que era su tío Agustín, que no podía vivir allí porque trabajaba en la ciudad y le quedaba muy lejos. La niña siempre le insistía en que quería ir a la escuela, pero su tío insistía en que no era lo apropiado para ella.
El tiempo transcurría de manera lenta y soporífera en aquella casa. La niña tenía todo lo que cualquier persona podría desear, recibía los mimos de todos los empleados de aquella casa, todos los animales correteaban a su alrededor y los pájaros picoteaban mansamente de su mano. Pero la niña sentía que nada tenía valor para ella, pues no conocía el mundo, nunca había ido a un mercado, nunca había podido escoger sus vestidos, sus zapatos o simplemente caminar por las calles de la ciudad.
Un día, especialmente azulado y transparente, Elizabeth decidió que era momento de conocer lo que había más allá de los jardines de la gran casa. Sabía que cualquier intento deliberado que hiciera de querer salir, sería encontrada por los sirvientes y acusada a su tío, por lo que urdió un plan para escapar. Junto en un bolso una botella con agua, otro par de sandalias, unos sandwiches y galletas, algo de dinero que le sacó a los criados y su prendedor de plata. Se puso su vestido más cómodo, tomó su sombrilla y espero que anocheciera. 
A las ocho de la noche en punto, anunció que se sentía cansada de tanto jugar y que se iba a ir a la cama. Subió las escaleras, cerró la puerta de su pieza y esperó. Sabía que cuando ella se iba a acostar, los criados quedaban terminando las últimas cosas de la casa por media hora más y luego se retiraban a sus habitaciones. Una vez transcurrido el tiempo, abrió cuidadosamente la puerta de su pieza, se quitó los diminutos zapatos y bajó las escaleras procurando hacer el menor ruido posible. Saltó el crujiente rellano de la escalera y en pocos segundos estuvo cerrando la puerta de entrada de la pieza.
Acto seguido, se encaminó hasta los limites de la propiedad, esperando que no despertara ninguno de los animales, que armaban un buen alboroto cuando la veían aparecer, lo cual podría alertar a los demás habitantes de la gran casa.
Llegó a la verja y la empujó. Ésta chirrió por la falta de uso y dio paso a una larga escalera, que bajaba la colina. La niña tomo aire y emprendió el descenso, primero ligeramente y luego con cuidado, pues se dio cuenta de que era peligroso. A medida que iba bajando, se iba haciendo más fresco el ambiente y más húmedo. Pronto unas gotas de rocío comenzaron a caer sobre sus dorados rizos. 
Luego de varias horas andando, que a la pequeña se le hicieron eternas, vislumbró el final de la escalera. Apuró un poco el paso y al cabo de algunos minutos llegó a tal anhelado lugar. ¡Cual fue su sorpresa al contemplar que al fin de la escalera no había nada! Sus pequeñas manos se posaron sobre el gélido cristal y golpearon fuertemente, pero sólo se devolvió a ella el eco de los golpes. En ese instante, la niña se dio cuenta porque no crecía: vivía en una burbuja de cristal.

viernes, junio 1

La niña.

El viento se arremolinó sobre la ciudad, las nubes grises apagaron el día y la lluvia incesante opacó las miradas de los hombres.
El silencio de un día lluvioso inundó a la ciudad. Polis de mentes frías e individualistas. 
La bruma no dejaba a los niños mirar más allá de sus palmas y el juego quedó olvidado en las esquinas viejas de las casas abandonadas. Los gatos dejaron de maullar y los perros se escondieron en sus guaridas.
Los pájaros emprendieron vuelo a cielos más cálidos y los nidos antes repletos, ahora se encontraban vacíos.
El tiempo, detenido. La sombra, esfumada. 
La neblina invadió la ciudadela, uno por uno sus rincones, uno a uno sus barrios, uno a uno hizo desaparecer las aceras, uno a uno ocultó los árboles, uno a uno ocultó a los hombres de sus pensamientos.
La neblina entraba por la nariz fría, directo a los pulmones. Cada aspiración llevaba un trago amargo de pensamientos vacíos, fríos, individuales a los seres que allí habitaban. 
Seres autómatas, distaban mucho de ser hombres, ya.
Pronto, sobrevino la noche, todavía más fría que el día. Noche porque la oscuridad no daba paso a saber que había a tan solo un centímetro de sus narices. Porque palmo a palmo se debía andar. Oscuridad que se tragaba las luces. 
Pero allí, en medio de esa inmensa melancolía, entre toda esa frialdad, junto a esos seres privados del sentir, entremedio de las sombras, de la niebla, de la lluvia, se hallaba una niña pequeña, de risos dorados como el trigo en verano. Ojos verdosos como las aguas del sur de Chile. Piel blanca y aterciopelada como muñeca de porcelana. Una sonrisa que brilla más que los rayos del sol del mediodía. Una voz tan graciosa como los ruiseñores en primavera. Su vestido veraniego, flotaba en su menudo cuerpo, como si no la tocase. Sus movimientos eran tan graciosos que todo aquel que la veía quedaba embobado. 
Esta pequeña niña, vivía en la mansión más alejada de la ciudad, lugar al que la lluvia no llegaba, la niebla no accedía, el viento apenas golpeaba las bisagras. Solamente el sol tocaba suavemente sus ventanas y los animales correteaban felices en esa eterna primavera.
La niña no sabía lo que era la felicidad. No sabía lo que era la tristeza. No sabía de sufrimientos, privaciones. No sabía de dichas, ni alegrías. Puesto que la niña vivía aislada de todo y de todos. No conocía más que los muros de la finca en la que vivía. No sabía que existían las nubes, no sabía que a los pies del faldeado cerro, existían estos seres autómatas. Ignoraba cuanto sucedía al rededor suyo. Y ellos la ignoraban a ella.

lunes, abril 23

Risa ruidosa.

Hermosa la risa que nace de tus pequeños labios, sinestesia de mis aullidos redondos al momento de la no lujuria vertiginosa de la madrugada. Soñolientos pasos del alba de medianoche.
Me tocan tus manos, ya no tan suaves, pero con más confianza, ahora has aceptado el acecho innegable de dos caminos que se ya no van a la tangente, sino que cruzan y cortan, anidan vacíos en el espacio intergaláctico de sombras alucinadas. 
Fumo, el humo de mi cigarro gira sobre nuestras cabezas, lo ves salir por la ventana y me miras con el ceño fruncido, entrelazas tus manos y me dices que ese hábito de buscar la muerte ahogada lo debería dejar. No te escucho, absorta en mis pensamientos, en mis ruidos cerebrales que centellean pasiones. 
Vuelves de nuevo sobre tus pasos y me recalcas que me engañas con cuadernos y libros, que tu amante más perfecta es el resultado perfecto. Pero no me pondré celosa de los conocimientos que te invaden. Procuraré utilizar su mismo espacio, más no con la misma fortuna.
Receloso murmuras palabras inteligibles, no pido que las repitas, ya las conozco, mi futuro las conoce, pero son palabras inventadas por ese lenguaje pequeño de dos seres que se van conociendo. 
No hay ruido más bello que tus suspiros, robados del fondo de tu garganta y auspiciados por tus pequeños labios. 
Intento no mirarte, mas me vuelvo sobre mis hombros y aparto mi pelo para contemplar mejor la forma de tus hombros agachados. Tu caminar no tan resuelto, quizás tu movimiento abatido, tus pies arrastrando la arenilla, tus ojos vedados.
Tu olor invade mi cuerpo como el suave perfume del sándalo al atardecer. Y caigo en cuenta de que no eres el fruto de mi implacable imaginación, sino ser corpóreo de la esta tierra vida mía que luchamos por conservar.
Te fuiste hace varias horas, ya. Pero sé que mañana nos volveremos a encontrar. Cerraré mis ojos cuando termine estas palabras y sé también que inundarás mis sueños.

viernes, abril 13

Acepta.

¿Cómo fue que me dijiste? Ah, si, que cada día aumentaba más el cariño, pero disminuía el deseo. ¿Tu pretendes que te crea? 
Son tus ojos, esas dos pequeñas pupilas que muchas veces no quieren ver son las que me hablan más verdades que tus labios. Tu y yo conocemos la razones, mas no hemos escuchado nuestros corazones.
¿Cómo entenderlo?
Como un tranvía que navega en la arena profunda, quizás como un molde destruido por su ruido. Así lo veo, como una dulce nota de aguamar en tus manos.
Y vuelvo, con tus manos, que son suaves y me gustan, pero me dices que no, porque me confunden. ¿Es a mi o a ti a quién confunden? La claridad no es creer saber, sino escuchar saber.
Y tampoco quieres a mis labios, arguyendo quizás que excusas que sólo tu entiendes, mas no. No es que no te crea, es que sé que no es cierto, así como sé que el cielo es azul porque hay capa de ozono. ¿Puede no ser menos romántico?
Y dejo volar mi imaginación, escucho mis latidos, sincero mis pensamientos, la tortuga que habita en mi escapa de su caparazón para refugiarse en la salvedad de las palabras incautas. 
Así somos, como un haz de luz invocando el sereno de la mañana, invocando truculentas historias para decirnos que no, cuando queremos decir si.
Vuelves a repetirme, que a nadie buscas, pero con aún mayor razón sé que no es cierto, puesto que tus ojos nuevamente, ventanas de tu alma, me dicen otra cosa. Ahora bien, aquí mi instinto falla y se revuelve con mi imaginación, no estoy segura de que buscas, creo que tu tampoco lo sabes, pues tienes el don de no escucharte, sino de creerte. ¿Es un don? Quizás no más, he vuelto a desordenar tu estructurada vida. ¿He vuelto? Te preguntas. Si, rotundamente, esto ya lo hemos vivido, en un pasado remoto, cuando la lluvia caía con lentitud y las tardes eran de siestas. Cuando el sol no dejaba su puesto del mediodía y apuraba las cosechas. Cuando las luciérnagas aún vadeaban en el río. Aquí dejo lo que ya no dije, sino lo que hice, lo que puedo hacer en el silencio infinito de la lluvia repiqueteando contra el charco vacío. 
Hace tiempo dejaste de ser uno, para ser dos. Ahora acéptalo. 

martes, marzo 13

Llámame.

Si me vas a llamar, que sea cuando el expreso viene llegando a mi ciudad. Que sea cuando tus botas toquen el charco de agua a la bajada del tren, cuando la lluvia aún no haya cesado de repiquetear contra mi ventana, cuando el velero azulado de nuestras penas no haya desaparecido.
Llámame, pero sin decir donde vienes, sin crear esperanzas ufanas, sin remolcar al presente recuerdo inescrupulosos. 
Llámame cuando el tren humee entre los árboles del Malleco, cuando la torrencial lluvia de invierno inunde los ríos del sur, cuando los campos sembrados de esperanza sean regados con la crecida.
Pero si llamas, que no sea para reprocharme lo que no hice, que no sea para sacar a la luz aquellos diáfanos días de primavera. Respetemos a los muertos, que por muy pérfidos, ya no están. 
Llámame, cuando el mar tormentoso golpee las rocas, cuando las bahías sean anegadas y mi lamento sea el eco de una noche antigua. Sólo entonces seremos capaces de escuchar el repiqueteo de una línea entrecortada por la tormenta y crear un día de verano con nuestras voces, allí, será el momento en que el tren siga su marcha.