lunes, junio 3

Llovizna

La colina está empapada de lluvia. Acolchada con las hojas que han arrancado el vendaval hace unos días. El olor de tierra húmeda se filtra por mis poros y a medida que me acerco al lugar del encuentro, mi corazón palpita y siento en la planta de mis pies el palpitar de la tierra al saberme desnuda.
Las hojas recogen mi cabello con su musgo resbaloso y al mismo tiempo tus besos inundados de deseo. Hacemos el amor entregados a la lluvia que cubre los campos como una cortina suave. La llovizna suave se confunde con el sudor de nuestros cuerpos y los árboles tiemblan al reconocer la mansedumbre del amor.
Extasiados nos acurrucamos uno al lado del otro, en completa armonía con el bosque que deja escapar sus suspiros y nos quedamos dormidos.
Nuestros sueños galopan como rayos fulgurantes en los inicios de ese lugar, cuando no existía bosque y el pasto nacía como un tierno bebé. El sol es más que el astro rey y se confunde con la candescensia de mi cabello.
Volvemos al paraje que nos ha acunado en el éxtasis del amor y arrullados por los grillos nos alejamos tomados de la mano hasta el Malleco tempestuoso para inundarnos de su sabiduría y fundirnos, nuevamente, con su magnificencia. 

sábado, mayo 18

Te Recuerdo


“¿Qué te detiene?” Me preguntas como si ignoraras que soy un colibrí que viaja de flor en flor buscando el elixir dorado de sus pétalos. Como si no supieras que hace mucho deje de detenerme en un lugar buscando excusas.
Sabes que arranco, como si el diablo me persiguiera. Arranco desesperadamente de mis pensamientos, como cual sombra me persiguen.  Arranco, sobretodo, de estas preguntas confusas que no me dejan dormir.
Entonces, pequeña libélula, me pides que te cuente, como si yo fuera la vieja sabia de pelo canoso. 


No puedo reprimir el sollozo. No puedo reprimir suspiros. Ni palabrotas de marinero.  No soy quien para juzgar, pero aún así lo hago: la cagaste.
La cagaste y nos dejas a todos en este estado lívido de incertidumbre y asperezas de no saber quiénes somos y para dónde vamos. Esperando que quizás la llamada recibida en la madrugada sea una jugarreta de tus amigos.
Así, entonces, me detengo como cual colibrí bebiendo el elixir de las flores a contemplar tu cuerpo inerte y desprovisto de todo hálito de vida. No reprimo las lágrimas. Pero más por la rabia de que hayas conseguido lo que yo no he podido en mil intentos, quizás por la cobardía de no ser tú.
Te admiro. Esa admiración de quien se ha propuesto ser el mejor en algo, pero no hace nada para conseguirlo, como cuando admiramos al que logra correr en menos tiempo una cierta distancia, pero lo hacemos a través de la televisión comiendo papas fritas. Así te miro desde mi cristal ya medio empañado por sollozos que según tus amigos son lágrimas falsas y de cocodrilos.
No éramos nada, no somos nada, ya no lo seremos nunca, pero intento explicarte a través de estas palabras que podría haber sucedido mucho y cortaste de raíz el nacimiento a una vida exuberante y cargada de analogías y pensamientos poéticos. Te dejaste llevar por el arrebato del momento y te entiendo, te comprendo, mas no te apruebo.
Entonces, así en la simpleza de mi juventud comprimida, te digo que el hombre no vuelve al polvo, ni a las estrellas, sino que vuelve en recuerdos y sueños, vuelve en caricias furtivas a los seres amados y en ronroneos de agostos pasados. Volvemos en sangre, en silencio, en miedo y tristezas. Pero, por sobretodo, volvemos cuando nos recuerdan.

martes, mayo 7

El hombre del Turrón

Fuera del liceo siempre había un caballero alto, de bata blanca vendiendo turrones. Era tradición los viernes, después de clases, comprarle un turrón y caminar al paradero saboreando ese magnífico turrón. Había viernes en que el turrón era más duro y sentías que te podía partir un diente, pero otros, parecía una crema deliciosa que se deshacía en el paladar.
No era la única que le compraba turrones. Todos le compraban, hasta que un día no fue más.
Al cabo de una semana en que nadie vio al hombre del turrón, decidí que no podía seguir esto de la misma forma y le fui a buscar. No tenía idea siquiera de su nombre, pero me acerque donde la dueña del quiosco de la esquina -esa que nos vendía belmont sueltos a $70-, a preguntar por él.

"¡Ah! Usted quiere saber de don Pancho, él vive en la Santa Rosa, allá abajo, cuando pase la cancha, dos cuadras, antes de llegar al peladero ¿Se ubica? ¿Quiere que la acompañe?"
Tras agradecer la información y desechar que me acompañara, partí a buscarle. Supuse que llegando con las indicaciones, después preguntar por él se me haría más fácil.
Crucé la línea del tren, recordando cuando acompañaba a mi abuelo a amarrar esos pequeños arboles, que ahora son gigantes y cubren la vista.
Caminé varias cuadras, no conocía mucho ese lugar, pero el querer saber de don Pancho -el caballero del turrón-, hacía que siguiera mi paso.
Llegué hasta donde me habían dado las coordenadas y no supe donde seguir. A lo lejos, divisé un negocio, esos típicos de barrio, donde venden los tabletones y los collac de caluga. Atendía una señora encorvada, con los ojos ya velados por las cataratas y un poco sorda. Tuve que gritarle para que me entendiera y me dijo que don Pancho estaba enfermo, que vivía en la casa blanca -inmaculadamente blanca, he de agregar-, de la esquina.
Llegué y la puerta estaba entornada. La empuje y me llegó un hálito de madera vieja. Estaba oscuro, a pesar de que afuera había un sol radiante. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, divisé al final del corredor a dos niños pequeños jugando.
Caminé hacia ese lugar y me encontré con don Pancho, acostado. Los niños a los pies de la cama jugando sobre el piso de tierra.
"Hola Don Pancho", le saludé. Pero me miró con los ojos perdidos en la nebuloza del tiempo y, en ese momento, supe que lo que buscaba era la salida de los recuerdos del hombre del turrón.

miércoles, mayo 1

Conmigo

Caminas conmigo a ritmo de seis octavas. Pestañeas en una danza sutil.
Diferencias arrastras, conmigo, no basta.
Soñaremos juntos, al cerrar los ojos, yo contigo, tu conmigo.
Renacer de las cenizas, cual amanecer, botados en la playa.
Morir y ser enterrado, conmigo, arrastrado.

sábado, abril 27

¿Qué es el Amor?

Me preguntas pequeño, que es el "Amor" y te respondo que es un verbo, con mayúscula como nombre propio y con comillas por ser demasiado alejado de las cosas que conocemos.

Amor es mucho más que esas cuatro letras plasmadas en una hoja en blanco. Va más allá de tomar tu mano y acariciar la suavidad de tus dedos.

Amor es cubrirme con tu capa cuando hace frío, es acurrucarme con tu jubón y sentir el suave murmullo de tu voz diciendo que soy bella.

Amor es soñar sin dormir, en el mecano encuentro de nuestros pensamientos estando en la misma cama. Construir un castillo sin escrúpulos.

Amor es tu pupila azul incrustada en mis pensamientos, tu nariz entreteniéndose en mi pelo, tus dedos enredándose con los míos.

¿Qué es el Amor? -sigues preguntando-, es querer que seas feliz aún si no estás conmigo.

domingo, abril 21

Mil Kilómetros (A Nahuel)

Sabíamos que me iría.
Que te dejaría.

Soberbia de quinceañeros felices.
Agosto con su primavera en ciernes y,
febrero con su otoño precoz.

Sabíamos que me llevaría tu ánimo.
Tus suaves versos, 
aunque ya míos, también me llevé.

-Jugábamos a leer a grandes públicos-.

Te extraño -y sé que tu a mí-,
pero la misma soberbia nos tiene aprisionados.
Soñando que volverás,
arrepentido al alero del manzano.
Sueñas que yo volveré -yo me fui-,
a tus suaves brazos y víbora lengua.

Aquí me quedaré.
No espero, solamente maldigo.

jueves, abril 11

Minué

Bailas llevada por las notas a través del parqué. Te llevan como desnuda los pétalos de las rosas a través de los compases alegres de la melodía.
Tu vestido produce un frufrú constante al rozarse con tus piernas, brazos, cabello...
Giras y giras en una danza hermosa y sutil, a veces más marcada, a veces más lenta. Sonríes y sigues bailando con los ojos eternamente cerrados.
Dulce, dulce melodía te lleva y sale el sol, sus rayos te iluminan y hacen que tu danza sea más hermosa y sosegada. 
Voloteas y revoloteas con la licencia de Neruda, tus gentiles pasos descansan a la hierba sazonada de rocío fresca. 
La gente ya se ha ido y tu te has quedado dando pasitos de bailarina y minué de doncellas. Giras y giras en un eterno revoloteo de los pájaros en las primavera. 
Los sirvientes llegan al salón y limpian el desastre de la noche de juerga y tu sigues allí danzando; las flores se abren, los ratones se esconden y tu permaneces impasible dando pequeños tumbos de bailarina y te vas haciendo más y más pequeña con el paso de la tarde y el minué avanza impasible sobre el piano cerrado y los violines sin cuerdas.
Bailas y bailas, pequeña muñeca a cuerda, sin paz y sin sosiego. No te dejan descansar, ni aún a la luz del día, dirigida por los invisibles hilos de sus dioses. 
Las notas del piano son estridentes y deshacen tus oídos, pequeña bailarina, pero no puedes parar. La fuerza de los rayos del sol no te dejan. 
Intentas hablar, gritas, pero tus labios no se mueven y el único sonido que se escucha, es el piano desafinado, los violines rotos y el llanto de los niños que han muerto sin bautizo.
Se repiten las notas como tu repites tus pasos de bailarina. Tus dedos crujen, tus piernas mueren, pero sigues la danza macabra del minué sin fin. 
Pero sabes que no te puedes detener, que no hay fin, que la milonga debe continuar sin cesar, porque no eres más que la muñeca insertada en un clavijero. Eres la muñeca danzarina de las cajitas de música que se le regalan a las niñas y por error, te han dejado abierta.