martes, mayo 7

El hombre del Turrón

Fuera del liceo siempre había un caballero alto, de bata blanca vendiendo turrones. Era tradición los viernes, después de clases, comprarle un turrón y caminar al paradero saboreando ese magnífico turrón. Había viernes en que el turrón era más duro y sentías que te podía partir un diente, pero otros, parecía una crema deliciosa que se deshacía en el paladar.
No era la única que le compraba turrones. Todos le compraban, hasta que un día no fue más.
Al cabo de una semana en que nadie vio al hombre del turrón, decidí que no podía seguir esto de la misma forma y le fui a buscar. No tenía idea siquiera de su nombre, pero me acerque donde la dueña del quiosco de la esquina -esa que nos vendía belmont sueltos a $70-, a preguntar por él.

"¡Ah! Usted quiere saber de don Pancho, él vive en la Santa Rosa, allá abajo, cuando pase la cancha, dos cuadras, antes de llegar al peladero ¿Se ubica? ¿Quiere que la acompañe?"
Tras agradecer la información y desechar que me acompañara, partí a buscarle. Supuse que llegando con las indicaciones, después preguntar por él se me haría más fácil.
Crucé la línea del tren, recordando cuando acompañaba a mi abuelo a amarrar esos pequeños arboles, que ahora son gigantes y cubren la vista.
Caminé varias cuadras, no conocía mucho ese lugar, pero el querer saber de don Pancho -el caballero del turrón-, hacía que siguiera mi paso.
Llegué hasta donde me habían dado las coordenadas y no supe donde seguir. A lo lejos, divisé un negocio, esos típicos de barrio, donde venden los tabletones y los collac de caluga. Atendía una señora encorvada, con los ojos ya velados por las cataratas y un poco sorda. Tuve que gritarle para que me entendiera y me dijo que don Pancho estaba enfermo, que vivía en la casa blanca -inmaculadamente blanca, he de agregar-, de la esquina.
Llegué y la puerta estaba entornada. La empuje y me llegó un hálito de madera vieja. Estaba oscuro, a pesar de que afuera había un sol radiante. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, divisé al final del corredor a dos niños pequeños jugando.
Caminé hacia ese lugar y me encontré con don Pancho, acostado. Los niños a los pies de la cama jugando sobre el piso de tierra.
"Hola Don Pancho", le saludé. Pero me miró con los ojos perdidos en la nebuloza del tiempo y, en ese momento, supe que lo que buscaba era la salida de los recuerdos del hombre del turrón.

miércoles, mayo 1

Conmigo

Caminas conmigo a ritmo de seis octavas. Pestañeas en una danza sutil.
Diferencias arrastras, conmigo, no basta.
Soñaremos juntos, al cerrar los ojos, yo contigo, tu conmigo.
Renacer de las cenizas, cual amanecer, botados en la playa.
Morir y ser enterrado, conmigo, arrastrado.

sábado, abril 27

¿Qué es el Amor?

Me preguntas pequeño, que es el "Amor" y te respondo que es un verbo, con mayúscula como nombre propio y con comillas por ser demasiado alejado de las cosas que conocemos.

Amor es mucho más que esas cuatro letras plasmadas en una hoja en blanco. Va más allá de tomar tu mano y acariciar la suavidad de tus dedos.

Amor es cubrirme con tu capa cuando hace frío, es acurrucarme con tu jubón y sentir el suave murmullo de tu voz diciendo que soy bella.

Amor es soñar sin dormir, en el mecano encuentro de nuestros pensamientos estando en la misma cama. Construir un castillo sin escrúpulos.

Amor es tu pupila azul incrustada en mis pensamientos, tu nariz entreteniéndose en mi pelo, tus dedos enredándose con los míos.

¿Qué es el Amor? -sigues preguntando-, es querer que seas feliz aún si no estás conmigo.

domingo, abril 21

Mil Kilómetros (A Nahuel)

Sabíamos que me iría.
Que te dejaría.

Soberbia de quinceañeros felices.
Agosto con su primavera en ciernes y,
febrero con su otoño precoz.

Sabíamos que me llevaría tu ánimo.
Tus suaves versos, 
aunque ya míos, también me llevé.

-Jugábamos a leer a grandes públicos-.

Te extraño -y sé que tu a mí-,
pero la misma soberbia nos tiene aprisionados.
Soñando que volverás,
arrepentido al alero del manzano.
Sueñas que yo volveré -yo me fui-,
a tus suaves brazos y víbora lengua.

Aquí me quedaré.
No espero, solamente maldigo.

jueves, abril 11

Minué

Bailas llevada por las notas a través del parqué. Te llevan como desnuda los pétalos de las rosas a través de los compases alegres de la melodía.
Tu vestido produce un frufrú constante al rozarse con tus piernas, brazos, cabello...
Giras y giras en una danza hermosa y sutil, a veces más marcada, a veces más lenta. Sonríes y sigues bailando con los ojos eternamente cerrados.
Dulce, dulce melodía te lleva y sale el sol, sus rayos te iluminan y hacen que tu danza sea más hermosa y sosegada. 
Voloteas y revoloteas con la licencia de Neruda, tus gentiles pasos descansan a la hierba sazonada de rocío fresca. 
La gente ya se ha ido y tu te has quedado dando pasitos de bailarina y minué de doncellas. Giras y giras en un eterno revoloteo de los pájaros en las primavera. 
Los sirvientes llegan al salón y limpian el desastre de la noche de juerga y tu sigues allí danzando; las flores se abren, los ratones se esconden y tu permaneces impasible dando pequeños tumbos de bailarina y te vas haciendo más y más pequeña con el paso de la tarde y el minué avanza impasible sobre el piano cerrado y los violines sin cuerdas.
Bailas y bailas, pequeña muñeca a cuerda, sin paz y sin sosiego. No te dejan descansar, ni aún a la luz del día, dirigida por los invisibles hilos de sus dioses. 
Las notas del piano son estridentes y deshacen tus oídos, pequeña bailarina, pero no puedes parar. La fuerza de los rayos del sol no te dejan. 
Intentas hablar, gritas, pero tus labios no se mueven y el único sonido que se escucha, es el piano desafinado, los violines rotos y el llanto de los niños que han muerto sin bautizo.
Se repiten las notas como tu repites tus pasos de bailarina. Tus dedos crujen, tus piernas mueren, pero sigues la danza macabra del minué sin fin. 
Pero sabes que no te puedes detener, que no hay fin, que la milonga debe continuar sin cesar, porque no eres más que la muñeca insertada en un clavijero. Eres la muñeca danzarina de las cajitas de música que se le regalan a las niñas y por error, te han dejado abierta.

domingo, marzo 24

Muerte

Vuelas ya libre. Te paseas confundida entre nosotros y ves nuestras caras con marcados surcos de lágrimas y tristezas. Te acercas preocupada y despacio a tu madre para brindarle consuelo, pero pareciera que ella no te ve, no te siente, no te escucha.
Quieres gritar, decirles a todos que estás ahí, pero nadie te ve y caes en cuenta que las lágrimas y sollozos son por ti.
No entiendes nada pequeña, buscas una respuesta ¿Qué ha pasado? Y te contemplas, cubierta de una sabanilla blanca como mortaja provisoria. Cierras los ojos esperando que todo sea un sueño, pero al abrirlos sigues allí.
Intentas recordar que ha pasado, pero los recuerdos recientes son difusos, quizás inciertos. Te regresas cerca de tu familia, con incertidumbre. ¿Qué sacas con estar allí si no puedes brindar consuelo? Apenas la pregunta ha caído en ti, le contemplas. Está allí sentado mirándote fijamente "¿Estará muerto como yo?" -es la primera pregunta que te haces- y ves como lenta y casi imperceptiblemente niega con la cabeza.
Te acercas lentamente, quizás con miedo, aunque es difícil saberlo y le miras a los ojos con todas las interrogantes. Te aprestas a hablar, pero hace un gesto de silencio, se levanta suavemente y avisa a su hermana que saldrá a fumar. Le sigues.
Ya solos y cerciorándose que nadie les ha seguido, te hace una seña para que te acerques. Antes de que llegues completamente a su lado te empieza a hablar.
Que entiendas que quizás sea la única vez que se vuelvan a ver, que siempre ha podido hablar con "ustedes" -no quiere decir "con ustedes los muertos"-. Que ya no siente miedo, pero es una situación incómoda, que le intentes entender. No tiene todas las respuestas, te dice. ¿Respuestas? Te preguntas si es eso lo que realmente quieres. Niegas lentamente como ha hecho antes él. No quieres detalles de que pasó, ni como. Te basta con saber que ha sucedido y te desconsuela ver a tu familia en ese estado. Le imploras que de alguna forma les haga saber que estás bien y que mientras puedas les acompañarás.
"Querida mía -te susurra-, no puedo decir que he hablado contigo, pues me tildarían de loco, pero puedo asegurarte que ellos sienten tu presencia, vuelve allí y ve el cambio que se produce".
En efecto, regresan a la sala donde están todos y apenas entran, tu madre gira la cabeza como reconociéndote sin verte. Te acercas a ella y posas suavemente tu mano sobre su hombro, en un gesto un poco inseguro, tu madre sin ver, sin saber, posa su mano sobre la tuya y tu logras sentir su calor.
Las lágrimas inundan sus ojos, quisieras secarlas, pero sabes que no puedes. 
Te cuestionas ¿Qué va a ser de ti ahora? Es tu decisión, tu camino. Pero sea cual fuere, sabes que no irás sola. Pues de a poco han ido apareciendo aquellos que se fueron antaño y alguna vez sufriste.  Te acogen en su seno y te acompañan. 
Él te mira  y te guiña un ojo de manera casi imperceptible, levanta una mano como despidiéndose y sabe que ya no te verá. Adiós le intentas decir, pero ya es demasiado tarde, pues sabes que para él te has desvanecido.

miércoles, marzo 6

Lágrimas

Lluvia lacerada, 
tristeza de rumbo fijo.
Acueducto de metástasis veraniegas.
Infinito surco de vida,
deshecho de vidrios biselados. 

Caen como mezquinas avellanas.
Se sueltan del vidrio una a una,
rompen la cañada.
Invaden los surcos con sus patitas,
dejan sus estelas y caen.

¡Oh abismo!
Susurrantes y lejanas gotas, 
ya las vi morir y caer al vacío.
Me dejan, mas no las olvido,
Pequeño vidrio molido de tristezas diáfanas.