jueves, enero 17

Ahora me toca a mi.

Recorro tu piel lechosa y suave con mis dedos, empiezo por tus pequeños pies de ninfa, tus dedos como estalactitas maleables y dulces como la miel. Tus pantorrillas incitan a explorar un poco más, llegando a la carne de tus muslos dichosos, donde se encuentran algunos vellos que no han sido arrancados. Una que otra marca de nacimiento invade tus piernas, camino al paraíso de tu sexo. No puedo evitarlo y mis labios quieren comerte a besos esas piernas que incitan al juego. Te mueves y te ríes porque te hace cosquillas mi lengua.
Saboreo cada instante, cada milímetro de tu piel y tu dulce aroma me invade los sentidos queriendo hacerte mía. Pero aún no.
Subo por tu vientre y acaricio tu ombligo perfecto, jugando con mi lengua en tus caderas anchas y suaves como el terciopelo. 
Tus pechos delicados y tus pezones me avivan a probarlos y paso suave mi lengua por ellos, haciéndote estremecer. Tus manos juegan con mi pelo y entre gemidos se escucha tu risa.
Tus pechos llenos de pecas, empiezo el juego de contarlas una a una con mi lengua. Dicen que por cada una de ellas te has robado el alma. La verdad es a que a mi, me has robado el alma, el corazón y los suspiros. Después de ti no soy nadie.
He acariciado tus pechos hasta cansarme y subo por tu cuello hermoso hasta tus labios sonrosados, tus labios hacen juego con tus pezones, te comento. Y eso hace que estalles en una carcajada que me vuelve loco.
Te beso intensamente, queriendo robar de cada uno algún pedazo de ti, pero eres una ninfa intocable, dueña de todo tu ser. Bendito al que te entregues, que será dueño de la dicha, el placer y tu inteligencia franca y pura.
Beso tus ojos, que cierras delicadamente, como el aleteo de una mariposa sobre una bella flor y la sonrisa sigue instalada en tu cara. Miro tus pupilas, intentando encontrar alguna veta que diga que me amas, pero solo encuentro juego y diversión. Acaricio tu cabello rojo como el fuego e intenso como tu mirada. Quiero seguir, pero tus manos me lo impiden y me susurras "ahora me toca a mi".

lunes, enero 7

Chol Chol

Sientes la tierra húmeda, las hojas crujen bajo tus pies. Caen ligeras gotas de rocío sobre tu cara. Escuchas el murmullo del río Chol Chol a lo lejos y apresuras tus pasos.
El tren se aproxima aplastando suavemente y uno a uno los durmientes de la vía. El puente ya no cruje y el injeniero ya no da las últimas órdenes. 
Apresuras más el paso para alcanzar a ver, aunque sea, el resquicio humeante de la locomotora y el eterno resonar de su traqueteo.
Llegas al borde del precipicio y divisas como entre los árboles avanza el humo chispeante hacia el norte. Y saludas con la mano, aún sabiendo que nadie te verá, pues has cargado en aquella locomotora y en sus vagones las despedidas, los amores infundados, las tristezas, rencores, odios y sufrimientos.
¡Adiós! ¡Adiós! Pensabas mientras agitabas la mano y una sonrisa azul se colaba en tus labios.

El tren se detenía en Renaico.

viernes, diciembre 14

La Muerte

¿Es acaso dormir un pedazo de Muerte? Siempre pienso que el despertar es como un renacer incauto. Pero por momentos quisiera no volver a reconocer la vida y dejarme llevar por el misterio del no existir.

Tuve mi incursión con la muerte hace unos años atrás. La conocí precisamente para el aniversario de mi matrimonio. Fallido matrimonio -he de agregar-, cuando quise ponerle fin a mi lúgubre existencia en esta tierra.
No sé cuantas fueron las cajas de pastillas que tomé, ni cuantos los tragos de vodka, pero me puse mi pijama y me metí a la cama esperando ese dulce momento en el que dejaría de existir... y de sentir.
Al poco rato, mis ojos comenzaron a volverse pesados, cerré los ojos y... sentí que no fuera más que un pestañeo. Al abrir los ojos, estaba ella allí. Si, la Muerte estaba en un taburete sentada frente a mi cama, contemplándome con su mejor cara de póker.

La Muerte es una mujer entre los 35-40 años, con una mirada madura, un vestido negro, cabello lacio y finas facciones. Sus ojos transmiten piedad y dureza. Su piel lechosa invita a acariciarla y sus manos parecen suaves alelíes blancos. 
La miré fijamente, casi como anonadada y en ese instante se acercó a mi y me acaricio el pelo. Cerré los ojos conteniendo el llanto, de amargura por pensar que ni aún la muerte me traería paz.
"Pobre muchacha, crees que eres la única persona en este mundo que sufre y resuelves quitarte la vida para no existir, ni sentir más. Sueñas que esta será tu vía de escape ante los infortunios ¿Crees que soy buena? Vas a ver que significa la muerte, me vas a acompañar veinticuatro horas y tu serás quien te lleves a las personas".

martes, diciembre 11

Censo de Pecas

Te quiero contar las pecas. Una a una, esas pecas de pelirroja que me vuelven loco. 
Las pelirrojas me producen cosquillas y tu tienes las suficientes pecas para querer contarlas.
Contigo me cuesta ponerme serio, veo tus pecas y tu sonrisa a la luz del sol y las cosquillas se transforman en nervios.
Quiero tallar tus manos, brazos y hombros con las yemas de mis dedos y jugar a las escondidas con tus manos. Produciendo calor y cosquillas, como una suerte de electricidad excitante.
Quiero llevas tus manos a mi cara, para que sientas mi respiración como aumenta, a medida que aumenta la excitación.
Quiero recorrerte hasta encontrar que te gusta y que me gusta de ti. Contar tus pecas en ese instante no va a ser suficiente y me lo dirá las ganas de tus ojos. Las copas de vino me ayudarían a jugar con esta ambigüedad de saber si quieres o no y recorrer suavemente con mis labios tu lechosa piel.

¿Será cierto que cada peca es un alma que te has robado? 

Extracto de una carta.

sábado, diciembre 8

Villa Grimaldi cap. 2

Mi cuerpo tiembla, no siento mis manos, ni mis pies. Sueño que estoy y no estoy. Quisiera ser espíritu que vaga sin sufrimiento por esta tierra. 
No sé cuanto tiempo llevo en esta jaula, no sé cuanto tiempo más estaré antes de que me maten. Dudo que saldré viva de esta tortura, dudo que alguien escuche mis suplicas. 
¿Existirá Dios? Tantos años negando y ahora clamo por la piedad de ese ser que podría salvarme. Lloro.

No sé cuanto tiempo ha pasado, esta celda no tiene ventanas, pero me parece que ha transcurrido una eternidad. Se abre la puerta y entra Urrutia con agua y se sienta y me mira. Agarro la botella y me bebo el contenido casi de un trago. Lo miro agradecida y pienso que estos hijos de puta, algunos todavía conservan el alma. Saca de su chaqueta unas vendas y me toma las muñecas, con cuidado me cura las llagas. 
-Gracias- logro susurrar.
-Ssh, nadie debe saber que he venido a ayudarte- dice mientras me entrega una carta, se para y se va. La desdoblo y leo:

"Querida Antonia, quiero ayudarte a salir de aquí. Quisiera irme contigo muy lejos, donde el echo de tu ser anarquista y yo desertor no sea un problema para vivir. Eres preciosa y seguiré viniendo a verte. Espero aceptes este amor desinteresado de este hombre que ha cometido errores en su vida. Un beso. A. U."

Toda mi vida he conservado esta nota, que en ese momento vislumbre como mi carta a la salvación. No sabía de que manera, pero de ahí iba a salir viva.

jueves, noviembre 29

Promesas

Nosotros íbamos a tener una hija, me lo prometiste.
Prometiste que sería pelirroja como yo, que tendría tu color de ojos y se llamaría Amalia Jesús. 
Me dijiste que íbamos a vivir en una casa grande, con ventanales amplios por donde entraría la luz del sol, un patio amplio con perros correteando por ahí.
Me prometiste que íbamos a ser felices, juntos para siempre, amándonos.
Prometías que nos casaríamos y que sería la novia más feliz sobre la tierra.
Me dijiste que nada nunca nos separaría, porque nuestro amor era más fuerte.
Me prometiste que nunca te irías.



Ha pasado el tiempo y ya no estás. Nada de esto existe. ¿O acaso soy yo quien dejó de existir?

lunes, noviembre 5

Villa Grimaldi, capítulo 1.

Me llamo Antonia Rivas, soy anarquista y fui tomada detenida el 28 de febrero del año 74. Estuve en villa Grimaldi por cinco meses y medio. Esta es mi historia.

Cierro los ojos conteniendo las lágrimas. Trago mi saliva e intento contemplar la imagen desde fuera.

Me veo amarrada, con los brazos estirados y unas cuerdas me atan fuertemente de las muñecas hacia unas vigas del techo. Estoy sentada en una silla y mis pies fuertemente atados a las patas de aquella. Tengo una mordaza en mi boca que me dificulta el respirar y no puedo gritar. 
Es un lugar algo vacío, hay unas luces colgando del techo, el suelo es de cemento y las paredes parecen de latón. Al girar las cabeza, veo una mesa con muchas cosas relucientes que no alcanzo a distinguir. Mi garganta se seca. No se escucha ningún ruido y no sé si es de día o de noche.

Me trajeron a este lugar hoy, no sé si hace diez horas o diez minutos. Da igual, aquí el tiempo transcurre más lento. Estuve encerrada en una celda de dos metros varios días o eso me parecía. Por todo alimento una escudera de una sopa violácea con algo flotando que tomaba como si fuera un manjar. Mi ropa quedó toda orinada y mi pelo sucio. Miro mis manos y casi ni las reconozco, tengo las uñas resquebrajadas y la piel agrietada. Sé que si me mirara a un espejo, tendría la cara demacrada.

Mis sueños, estas noches o días, han sido la pesadilla de como me trajeron acá. 
Estábamos con los compañeros en el sótano de la casa de Pedro Gonzalez. Al día siguiente, primero de marzo, íbamos a salir a repartir pasamanos con información para los compañeros de la población, cuando sentimos unos golpes en la puerta y alguien de una patada la derriba y nos apunta con una pistola. Deben haber sido unos veinte y nosotros éramos seis. Me tomó un tipo jóven, pero con mucha fuerza del brazo y casi arrastrándome me subió a un furgón junto a Cristian. Me miraba con cara de "hasta aquí llegamos, fue un gusto conocerte". Nos llevaron directo a villa grimaldi, lo supe por el olor a rosas.
Inmediatamente nos separaron y a mi me llevaron a la oficina del encargado. Un hijo de puta que intentó violarme, si no fuera porque el joven que me tomó en la casa le dijo que le pertenecía. 
Años más tarde, sabría que se llamaba Alejandro Urrutia y que lo mataron cuando intentó salvarme.

Sigo amarrada, siento que llevo horas aquí. Escucho unos pasos a lo lejos y espero que no me lleven a la Torre, porque eso significa muerte segura. Me caen las lágrimas, ya no siento mis brazos. Al poco tiempo siento unos pasos y un aliento de cigarro mezclado con un perfume de hombre me habla directo a la cara.
-¿Cómo te llamas putita?- Y me arranca el trapo de la boca. La tos no se me hace esperar y logro mascullar entre gemidos mi nombre. El hombre me acerca agua a los labios que bebo con frenesí.
Me interrogó todo el día, o por lo menos eso me pareció. Por suerte la organización que teníamos impedía conocer los nombres de todos los compañeros del colectivo, sino los habría dicho todos. Lo único que quería era salir de allí. 
A las horas -o minutos-, me sacaron de allí arrastrándome hacia mi jaula. Una voz suave me habló cerca del oído cuando me dejaron en la jaula -Volveré en unas horas más a traerte comida, aguanta-. 
Quedé tendida en el suelo gimiendo de dolor y llorando de vergüenza.