lunes, noviembre 5

Villa Grimaldi, capítulo 1.

Me llamo Antonia Rivas, soy anarquista y fui tomada detenida el 28 de febrero del año 74. Estuve en villa Grimaldi por cinco meses y medio. Esta es mi historia.

Cierro los ojos conteniendo las lágrimas. Trago mi saliva e intento contemplar la imagen desde fuera.

Me veo amarrada, con los brazos estirados y unas cuerdas me atan fuertemente de las muñecas hacia unas vigas del techo. Estoy sentada en una silla y mis pies fuertemente atados a las patas de aquella. Tengo una mordaza en mi boca que me dificulta el respirar y no puedo gritar. 
Es un lugar algo vacío, hay unas luces colgando del techo, el suelo es de cemento y las paredes parecen de latón. Al girar las cabeza, veo una mesa con muchas cosas relucientes que no alcanzo a distinguir. Mi garganta se seca. No se escucha ningún ruido y no sé si es de día o de noche.

Me trajeron a este lugar hoy, no sé si hace diez horas o diez minutos. Da igual, aquí el tiempo transcurre más lento. Estuve encerrada en una celda de dos metros varios días o eso me parecía. Por todo alimento una escudera de una sopa violácea con algo flotando que tomaba como si fuera un manjar. Mi ropa quedó toda orinada y mi pelo sucio. Miro mis manos y casi ni las reconozco, tengo las uñas resquebrajadas y la piel agrietada. Sé que si me mirara a un espejo, tendría la cara demacrada.

Mis sueños, estas noches o días, han sido la pesadilla de como me trajeron acá. 
Estábamos con los compañeros en el sótano de la casa de Pedro Gonzalez. Al día siguiente, primero de marzo, íbamos a salir a repartir pasamanos con información para los compañeros de la población, cuando sentimos unos golpes en la puerta y alguien de una patada la derriba y nos apunta con una pistola. Deben haber sido unos veinte y nosotros éramos seis. Me tomó un tipo jóven, pero con mucha fuerza del brazo y casi arrastrándome me subió a un furgón junto a Cristian. Me miraba con cara de "hasta aquí llegamos, fue un gusto conocerte". Nos llevaron directo a villa grimaldi, lo supe por el olor a rosas.
Inmediatamente nos separaron y a mi me llevaron a la oficina del encargado. Un hijo de puta que intentó violarme, si no fuera porque el joven que me tomó en la casa le dijo que le pertenecía. 
Años más tarde, sabría que se llamaba Alejandro Urrutia y que lo mataron cuando intentó salvarme.

Sigo amarrada, siento que llevo horas aquí. Escucho unos pasos a lo lejos y espero que no me lleven a la Torre, porque eso significa muerte segura. Me caen las lágrimas, ya no siento mis brazos. Al poco tiempo siento unos pasos y un aliento de cigarro mezclado con un perfume de hombre me habla directo a la cara.
-¿Cómo te llamas putita?- Y me arranca el trapo de la boca. La tos no se me hace esperar y logro mascullar entre gemidos mi nombre. El hombre me acerca agua a los labios que bebo con frenesí.
Me interrogó todo el día, o por lo menos eso me pareció. Por suerte la organización que teníamos impedía conocer los nombres de todos los compañeros del colectivo, sino los habría dicho todos. Lo único que quería era salir de allí. 
A las horas -o minutos-, me sacaron de allí arrastrándome hacia mi jaula. Una voz suave me habló cerca del oído cuando me dejaron en la jaula -Volveré en unas horas más a traerte comida, aguanta-. 
Quedé tendida en el suelo gimiendo de dolor y llorando de vergüenza.

domingo, octubre 21

Sueño.

Tengo los ojos cerrados. 

Sé que estoy sentada y tengo los pies descalzos y las manos desnudas. Mis manos se posan sobre el suelo y siento el contacto con la tierra húmeda, ramas y hojas que han sido bañados por el rocío.
Escucho atentamente el susurro del viento entre los árboles, el caer de un río a lo lejos y el solapado aleteo de un pájaro emprendiendo vuelo. Escucho mi respiración en calma y el sonido de animales que posan sus patas cercanas a mi.
Huelo la tierra húmeda, las hojas en descomposición. El viento me trae bocanadas de olor a flores, mezcladas con el rocío. Huelo mi perfume.
Abro los ojos y debo esperar unos minutos para acostumbrarme a la claridad. No sé cuando fue la última vez que abrí los ojos. Veo colores primero, formas después. Veo árboles a mi alrededor, una largatija cerca de mis manos. Veo mi desnudez en medio de ese páramo.
Siento un latido, que no es el de mi corazón. Bajo a la mirada y poso mis manos sobre mi abdomen. El parto se precipita y doy a luz en medio de ese claro de un bosque, ayudada por el canto de los pájaros y el susurro del viento que revolotea en mi cabello. Un grito desgarrador nace de mi garganta y con los dientes corto el lazo que nos une -a aquella criatura y a mi-. La sostengo contra mi pecho y ....

Abro los ojos lentamente, me cuesta moverme. Miro hacia los lados y soy la misma de siempre. Pero el recuerdo vivo de lo que ha sucedido me tiene inmovilizada. No sé si el sueño es este o es aquel. 

viernes, septiembre 28

Me gustas

Me gustas, pero no cuando callas, sino cuando hablas. Me gustas cuando tu voz suave se posa como una mariposa sobre mis manos y la distancia queda callada en burbujas de jabón. 
Recuerdo esas mañanas tristes y suaves de otoño en las laderas del cerro en Los Sauces. La lluvia había lavado la suavidad arcillosa de la tierra y nosotros allí sentados contemplábamos el amanecer. Las botellas vacías tintineaban con el viento y las colillas de cigarro se esparcían por la hierba. 
Recuerdo que me tomaste de la mano o yo te la tomé a ti, la verdad es que no estoy segura, la cantidad de alcohol que había en mi sangre no me permite tener claro ese momento. Pero si recuerdo con extrema claridad ese beso, quizás un poco sucio, quizás demasiado pasado en esa mañana. 
Recuerdo y escribo estas palabras con la angustia pegada en mi garganta y las lágrimas caen como suicidas. Esa noche, esa mañana, bebimos porque te ibas, porque yo me iba. Cada uno remontaba su vida para cumplir nuestros proyectos. Y ahora vuelvo la cabeza hacia el pasado y comparo nuestras historias, nunca nos debimos haber separado. Ninguno de nosotros cumplió con los sueños que habíamos forjado en las tardes de conversación en las bancas de la plaza. Ambos nos cambiamos mil y una vez de profesión, hasta acabar siendo eruditos de la nada. 
Sin embargo, recuerdo ese momento cual fuera ayer. Tu te ibas, yo me iba. 

martes, septiembre 25

A. Sebastián.

Sucede que A. Sebastián se fue al extranjero. Se fue en mayo de 2008 a Asutralia. Se fue a Australia y no supe nada más de él.
A. Sebastián era mi compañero de primaria. Lo conocí el año 1994, marzo. Ambos teníamos 5 años. Desde ese primer día que fuimos inseparables. Curiosa coincidencia, te sentaron a mi lado por ser desordenado y yo muy quieta. Congeniamos, conversábamos, fuimos creciendo juntos. 
Recuerdo que a los 6 años nos hicimos una promesa: cuando fuéramos grandes nos íbamos a casar. 
Es claro que unos años más tarde, te enamoraste de una niña bonita, que yo detestaba solamente de celos.
Recuerdo cuando cumpliste 15 años y te celebramos en esa disco de moda, cuando tomé el micrófono para dedicarte una canción y tu corrías a abrazarme.
Recuerdo, A. Sebastián, nuestra primera vez juntos, tomamos esa decisión de conocer el sexo por primera vez y sin querer nos enamoramos. 
No era de extrañar, ya que por mucho tiempo dormimos juntos, por mucho tiempo salía desnuda de la ducha y como si fueramos hermanos la confianza fluía.
A. Sebastián se fue al entranjero. Se fue en mayo de 2008 a Australia.
A. Sebastián era mi compañero de primaria. Y yo le quería. Él me quería y desde entonces que no supe nada más de él. Mañana tengo vuelo a Australia. Mañana es marzo de 1994 y conoceré a A. Sebastián.

miércoles, septiembre 19

Conjugación del verbo Amar.

Yo te amaba. Tu me amabas. Ellos amaban como nos amábamos. Ustedes amaban como nos amábamos. Pero ya no me amas, ni yo te amo, ni ellos aman como nos amábamos, ni ustedes aman como nos amábamos. 
Ahora amo el amor que nos teníamos, anhelo el amor de amarnos, de amarte sin amarnos, de amarnos sin amarse. 
Sueño con amores amados, con amantes amándose. Amados muriéndose de amor. Amor muriéndose en los amantes.
Amantes jugando a ser amados, sin amor, sin amados, sin amarse.
Amé amarte, amantes amados, amándose. Amarán, sin lugar a dudas, como nos amábamos, como nos amaremos en el fragor de nuestros sueños. Y sin embargo, nosotros, ya no nos amamos.

jueves, agosto 16

Tiempo.

Silencio, se escuchan unos pasos. (Un minuto). Silencio, se escuchan unas voces. (Cinco minutos). Muere.
Cadavérico. Nuevamente pide silencio. (Esta vez, diez minutos). Ahora las risas parecen espasmos y las luces se apagan. Se escucha un aullido lejano y manos buscando no chocar con las cosas. (Veinte minutos). Las luces se vuelven a encender y contempla la sala. Una mesa con un florero azul y un clavel rojo, un mantel de cuadritos, verde. Dos sillas, en una de ellas hay una muñeca, la otra está vacía, pero alejada de la mesa. Detrás, un cuadro poco claro. Un reloj que anuncia las tres. Tocan la puerta. Nadie abre. Dos golpes. (Veinticinco minutos). Cinco golpes. (Treinta minutos). Derriban la puerta. No hay nadie. Las luces se vuelven a apagar y se escucha una música de vals de fondo. (Una hora). Las luces continúan apagadas y se escucha el correr de una cortina. (Se detiene el tiempo).

jueves, julio 5

Lágrimas.

Viaja por mi garganta, a veces más rápido, otras sale como atascada. Los espasmos de mi respiración le dan bríos para continuar. Viaja, dependiendo de cuantas le sigan atrás. Si va sola, es más lenta, pero más dolorosa. Cuando viajan varias, por momentos se vuelve imposible detenerlas.
Se van alimentando por el camino de esos pensamientos extraños, que muchas veces calificamos sin nombres, porque son esos pensamientos revueltos, mezclados con sentimientos, arremolinados en torno a sucesos pasados, presentes, futuros, ectópicos.
Se agolpan una a una en el abismo y allí aguardan, quizás una milésima de segundo, quizás una vida entera. Aguardan el empuje final, se balancean sobre sus diminutas patitas, se inclinan hacia delante y regresan a su posición original. Cuando viajan solas, el salto se vuelve eterno, miran y miran hacia lo oscuro del abismo. Cuando van varias, se empujan las unas a las otras a medida que van llegando. Cuando al fin logran saltar, recorren un camino suave, para nada ripioso, como cual esquí sobre la nieve. Hasta que de pronto se encuentran con el fin, donde sus pequeñas partículas se confunden con la intensidad.