lunes, junio 3

Llovizna

La colina está empapada de lluvia. Acolchada con las hojas que han arrancado el vendaval hace unos días. El olor de tierra húmeda se filtra por mis poros y a medida que me acerco al lugar del encuentro, mi corazón palpita y siento en la planta de mis pies el palpitar de la tierra al saberme desnuda.
Las hojas recogen mi cabello con su musgo resbaloso y al mismo tiempo tus besos inundados de deseo. Hacemos el amor entregados a la lluvia que cubre los campos como una cortina suave. La llovizna suave se confunde con el sudor de nuestros cuerpos y los árboles tiemblan al reconocer la mansedumbre del amor.
Extasiados nos acurrucamos uno al lado del otro, en completa armonía con el bosque que deja escapar sus suspiros y nos quedamos dormidos.
Nuestros sueños galopan como rayos fulgurantes en los inicios de ese lugar, cuando no existía bosque y el pasto nacía como un tierno bebé. El sol es más que el astro rey y se confunde con la candescensia de mi cabello.
Volvemos al paraje que nos ha acunado en el éxtasis del amor y arrullados por los grillos nos alejamos tomados de la mano hasta el Malleco tempestuoso para inundarnos de su sabiduría y fundirnos, nuevamente, con su magnificencia. 

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