Fuera del liceo siempre había un caballero alto, de bata blanca vendiendo turrones. Era tradición los viernes, después de clases, comprarle un turrón y caminar al paradero saboreando ese magnífico turrón. Había viernes en que el turrón era más duro y sentías que te podía partir un diente, pero otros, parecía una crema deliciosa que se deshacía en el paladar.
No era la única que le compraba turrones. Todos le compraban, hasta que un día no fue más.
Al cabo de una semana en que nadie vio al hombre del turrón, decidí que no podía seguir esto de la misma forma y le fui a buscar. No tenía idea siquiera de su nombre, pero me acerque donde la dueña del quiosco de la esquina -esa que nos vendía belmont sueltos a $70-, a preguntar por él.
"¡Ah! Usted quiere saber de don Pancho, él vive en la Santa Rosa, allá abajo, cuando pase la cancha, dos cuadras, antes de llegar al peladero ¿Se ubica? ¿Quiere que la acompañe?"
Tras agradecer la información y desechar que me acompañara, partí a buscarle. Supuse que llegando con las indicaciones, después preguntar por él se me haría más fácil.
Crucé la línea del tren, recordando cuando acompañaba a mi abuelo a amarrar esos pequeños arboles, que ahora son gigantes y cubren la vista.
Caminé varias cuadras, no conocía mucho ese lugar, pero el querer saber de don Pancho -el caballero del turrón-, hacía que siguiera mi paso.
Llegué hasta donde me habían dado las coordenadas y no supe donde seguir. A lo lejos, divisé un negocio, esos típicos de barrio, donde venden los tabletones y los collac de caluga. Atendía una señora encorvada, con los ojos ya velados por las cataratas y un poco sorda. Tuve que gritarle para que me entendiera y me dijo que don Pancho estaba enfermo, que vivía en la casa blanca -inmaculadamente blanca, he de agregar-, de la esquina.
Llegué y la puerta estaba entornada. La empuje y me llegó un hálito de madera vieja. Estaba oscuro, a pesar de que afuera había un sol radiante. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, divisé al final del corredor a dos niños pequeños jugando.
Caminé hacia ese lugar y me encontré con don Pancho, acostado. Los niños a los pies de la cama jugando sobre el piso de tierra.
"Hola Don Pancho", le saludé. Pero me miró con los ojos perdidos en la nebuloza del tiempo y, en ese momento, supe que lo que buscaba era la salida de los recuerdos del hombre del turrón.
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