jueves, febrero 14

Querida.

Era una niña, pequeña, frágil, pelo lacio y labios finos. Yo, creía ser más grande, fuerte, seguro e intocable -o quizás no tanto-, pero en cuanto la vi, supe que sería importante.
Quiero mirarla con el espejo del tiempo, pero no lo tengo. No ha pasado un mes aún. He dejado de llorar escondido en la almohada antes de dormir. Pero no dejo de pensarla. Muchas cosas me la recuerdan, debe ser porque fueron los ¿5? ¿6? meses más intensos de mi vida. 
Su nombre no es común, pero pareciera que el viento me lo trae todos los días. Ya no es un hálito balsámico, parece una pequeña cruz. Me cuestiono ¿Me podré deshacer de ello?

Pasan los días, el rencor se aleja e intento volver la cabeza sobre mi hombro, mas no encuentro recuerdos, solo sensaciones. Temor, frialdad, necesidad, pasión, desazón, amor, tranquilidad, tormento, miedo.

Algunas cosas van quedando claras con el correr de los días, a veces los relojes no avanzan tan rápido como uno quisiera y poder crear algo nuevo, construir algo indestructible.
¿Quiero dejarla atrás? Si. Al parecer la respuesta es una, pero a veces siento que es una tarea titánica. ¿Cómo hago para que nada me la recuerde?

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Lleno el vaso, enésima vez.
Suena un ruido de copas quebrándose,
la compañera, nunca existió.

La compañera,
sutil y dorada,
callejera, adormilada.
La callejera nunca durmió.

La callejera, pequeña hortensia,
risueña y coqueta,
la soñadora, soy yo.

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