¿Es acaso dormir un pedazo de Muerte? Siempre pienso que el despertar es como un renacer incauto. Pero por momentos quisiera no volver a reconocer la vida y dejarme llevar por el misterio del no existir.
Tuve mi incursión con la muerte hace unos años atrás. La conocí precisamente para el aniversario de mi matrimonio. Fallido matrimonio -he de agregar-, cuando quise ponerle fin a mi lúgubre existencia en esta tierra.
No sé cuantas fueron las cajas de pastillas que tomé, ni cuantos los tragos de vodka, pero me puse mi pijama y me metí a la cama esperando ese dulce momento en el que dejaría de existir... y de sentir.
Al poco rato, mis ojos comenzaron a volverse pesados, cerré los ojos y... sentí que no fuera más que un pestañeo. Al abrir los ojos, estaba ella allí. Si, la Muerte estaba en un taburete sentada frente a mi cama, contemplándome con su mejor cara de póker.
La Muerte es una mujer entre los 35-40 años, con una mirada madura, un vestido negro, cabello lacio y finas facciones. Sus ojos transmiten piedad y dureza. Su piel lechosa invita a acariciarla y sus manos parecen suaves alelíes blancos.
La miré fijamente, casi como anonadada y en ese instante se acercó a mi y me acaricio el pelo. Cerré los ojos conteniendo el llanto, de amargura por pensar que ni aún la muerte me traería paz.
"Pobre muchacha, crees que eres la única persona en este mundo que sufre y resuelves quitarte la vida para no existir, ni sentir más. Sueñas que esta será tu vía de escape ante los infortunios ¿Crees que soy buena? Vas a ver que significa la muerte, me vas a acompañar veinticuatro horas y tu serás quien te lleves a las personas".
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