Me llamo Antonia Rivas, soy anarquista y fui tomada detenida el 28 de febrero del año 74. Estuve en villa Grimaldi por cinco meses y medio. Esta es mi historia.
Cierro los ojos conteniendo las lágrimas. Trago mi saliva e intento contemplar la imagen desde fuera.
Me veo amarrada, con los brazos estirados y unas cuerdas me atan fuertemente de las muñecas hacia unas vigas del techo. Estoy sentada en una silla y mis pies fuertemente atados a las patas de aquella. Tengo una mordaza en mi boca que me dificulta el respirar y no puedo gritar.
Es un lugar algo vacío, hay unas luces colgando del techo, el suelo es de cemento y las paredes parecen de latón. Al girar las cabeza, veo una mesa con muchas cosas relucientes que no alcanzo a distinguir. Mi garganta se seca. No se escucha ningún ruido y no sé si es de día o de noche.
Me trajeron a este lugar hoy, no sé si hace diez horas o diez minutos. Da igual, aquí el tiempo transcurre más lento. Estuve encerrada en una celda de dos metros varios días o eso me parecía. Por todo alimento una escudera de una sopa violácea con algo flotando que tomaba como si fuera un manjar. Mi ropa quedó toda orinada y mi pelo sucio. Miro mis manos y casi ni las reconozco, tengo las uñas resquebrajadas y la piel agrietada. Sé que si me mirara a un espejo, tendría la cara demacrada.
Mis sueños, estas noches o días, han sido la pesadilla de como me trajeron acá.
Estábamos con los compañeros en el sótano de la casa de Pedro Gonzalez. Al día siguiente, primero de marzo, íbamos a salir a repartir pasamanos con información para los compañeros de la población, cuando sentimos unos golpes en la puerta y alguien de una patada la derriba y nos apunta con una pistola. Deben haber sido unos veinte y nosotros éramos seis. Me tomó un tipo jóven, pero con mucha fuerza del brazo y casi arrastrándome me subió a un furgón junto a Cristian. Me miraba con cara de "hasta aquí llegamos, fue un gusto conocerte". Nos llevaron directo a villa grimaldi, lo supe por el olor a rosas.
Inmediatamente nos separaron y a mi me llevaron a la oficina del encargado. Un hijo de puta que intentó violarme, si no fuera porque el joven que me tomó en la casa le dijo que le pertenecía.
Años más tarde, sabría que se llamaba Alejandro Urrutia y que lo mataron cuando intentó salvarme.
Sigo amarrada, siento que llevo horas aquí. Escucho unos pasos a lo lejos y espero que no me lleven a la Torre, porque eso significa muerte segura. Me caen las lágrimas, ya no siento mis brazos. Al poco tiempo siento unos pasos y un aliento de cigarro mezclado con un perfume de hombre me habla directo a la cara.
-¿Cómo te llamas putita?- Y me arranca el trapo de la boca. La tos no se me hace esperar y logro mascullar entre gemidos mi nombre. El hombre me acerca agua a los labios que bebo con frenesí.
Me interrogó todo el día, o por lo menos eso me pareció. Por suerte la organización que teníamos impedía conocer los nombres de todos los compañeros del colectivo, sino los habría dicho todos. Lo único que quería era salir de allí.
A las horas -o minutos-, me sacaron de allí arrastrándome hacia mi jaula. Una voz suave me habló cerca del oído cuando me dejaron en la jaula -Volveré en unas horas más a traerte comida, aguanta-.
Quedé tendida en el suelo gimiendo de dolor y llorando de vergüenza.
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