martes, marzo 13

Llámame.

Si me vas a llamar, que sea cuando el expreso viene llegando a mi ciudad. Que sea cuando tus botas toquen el charco de agua a la bajada del tren, cuando la lluvia aún no haya cesado de repiquetear contra mi ventana, cuando el velero azulado de nuestras penas no haya desaparecido.
Llámame, pero sin decir donde vienes, sin crear esperanzas ufanas, sin remolcar al presente recuerdo inescrupulosos. 
Llámame cuando el tren humee entre los árboles del Malleco, cuando la torrencial lluvia de invierno inunde los ríos del sur, cuando los campos sembrados de esperanza sean regados con la crecida.
Pero si llamas, que no sea para reprocharme lo que no hice, que no sea para sacar a la luz aquellos diáfanos días de primavera. Respetemos a los muertos, que por muy pérfidos, ya no están. 
Llámame, cuando el mar tormentoso golpee las rocas, cuando las bahías sean anegadas y mi lamento sea el eco de una noche antigua. Sólo entonces seremos capaces de escuchar el repiqueteo de una línea entrecortada por la tormenta y crear un día de verano con nuestras voces, allí, será el momento en que el tren siga su marcha.

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