En aquellas tardes calurosas, después de la siesta, donde nos juntábamos a pintar acuarelas que se derretían. Si, aquellas tardes, ¿las recuerdas? Dónde las pinceladas se iban entre el humo de mi eterno cigarrillo afrancesado y la radio ruidosa, anunciando quizás que próximo tango.
No, veo que te extrañas. Parece que aquel recuerdo de nuestros dieciocho años se te hace demasiado lejano.
Quizás rememores aquellas caminatas invernales, lluviosas, que tanto nos gustaban. Bueno, para que ando con cosas, a vos te gustaban más que a mi, el ruido de la lluvia, un café humeante y tomados de la mano, mojándonos. Y yo me enojaba tanto, ¿ves? Te ríes, de esto si te acuerdas mejor.
Quizás aquel paseo a Caminito te haga volver a aquella tarde, bien nubosa, sentados en aquel recodo de la calle, donde ahora están los tangueros, sacándose fotos con los turistas. Allí fue dónde tuve la valentía de decirte que te quería. Siento que todavía la vergüenza me consume, pero veo tu cara en estos momentos, que irradian aquella felicidad que me hace enamorarme nuevamente de ti.
Quiero recordar, la primera vez que fuimos a la casa de tus padres, allá en el sur. Ese suave murmullo de los grillos, camuflado con el pasar de uno que otro auto, cortando el ruido del silencio. Esas noches veraniegas, dónde las luciérnagas salían a nuestro encuentro, guiándonos a maravillosas caminatas. ¿Recuerdas? Si, veo que si, te estás riendo a carcajadas y creo saber porqué.
Estábamos en el campo, salimos muy temprano a caminar, tomados de la mano ya, buscábamos leche fresca. La encontramos, nos ordeñaron la vaca y llevábamos de vuelta un balde lleno. Y tan mal que te hizo, si eres intolerante a la lactosa, sufriste toda la mañana de unos cólicos horribles. Pero siempre estaba ahí, para tomarte de la mano, poner paños fríos en tu vientre, secar tu sudor.
Lindos recuerdos que tengo, al mirar tus ojos ya vacíos, pues tus cuencas sólo guardan lo atrofiado de tus pupilas que ya se están volviendo amarillas. La enferma me dice que deliro, puesto que le cuento historias a tu cadáver, si ya sé que has muerto, le digo, pero ella no sabe que hacemos el amor clandestinamente en las madrugadas.
La enfermera no sabe que yo también he muerto. Contemplo ahora mi silueta, tan mal traída. Y no dejo olvidar aquella tarde de primavera hermosa, en que juramos que nos amaríamos como nunca.
Espérame, te pedí. Me tomaste de la mano y comenzamos a andar.
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